martes, noviembre 27, 2007

El guitarrista Cero

El guitarrista Cero sabe de noches desoladas y frías. Actúa bajo el manto de la noche azul de un local llamado Loro. Tiene en su cara algo parecido a una sonrisa, lanza una especie de mueca o guiño hacia su amigo con gafas que lo observa desde la barra, éste recoge la mueca y le corresponde con una mirada incierta y amistosa. Mientras su público lo abandona a la misma velocidad que sus acordes caen de una guitarra que ni siquiera recuerda el día en que nació.
El guitarrista Cero sabe que el mundo está ya de vuelta, harto y cansado. En el fondo cree que no le importa, pero un amago de tristeza lo delata por las comisuras de sus labios. Hace un intento de cantar, le gusta estar allí, se sienta en un taburete con chicle que también le gasta una mala pasada, mira hacia un lado, hacia otro, disimula y vuelve a sus acordes. Lleva sombrero y amargura, y en algún momento de la noche si nada cambia se preguntará por qué está allí. Unas risas al final le devolverán las ganas de seguir tocando algo parecido a rock & roll. Mientras dos gatos se besan en la puerta de un local llamado Loro.

Texto: Virginia Fernánadez “El guitarrista Cero”
Foto: Manuel Gallardo

miércoles, noviembre 21, 2007

Otro mundo es posible

Foto: Manuel Gallardo

jueves, noviembre 01, 2007

Efectos secundarios

Tengo efectos secundarios de verte, de tenerte, de no tenerte, de expresarte, de condicionarte, de vivirte. Por qué quererte.
Calles mojadas y paseadoras. Requiebros al amanecer, y de mar. Afonía de no besarte. Abrazos.
Tengo efectos secundarios alegres y risueños, resueltos, existentes, mundiales, de pronóstico reservado. Efectos secundarios de abrazarte, de olerte, de besarte.
Aunque no lo creas, existe una recuperación a este sentimiento, es una recuperación proporcional al número de noches que van pasando, sin lunas con lunares y vinos moleculares.
Hay una recuperación y una reconciliación de la piel sin palabras, sin excusas, ni postdatas. Sin adioses.
Este amor nuestro, civilizado e infantil, incorpóreo. Este amor nuestro sin prisas, ni grandes exigencias, es a veces en sí mismo mi propio efecto secundario, y tus ojos.
Por qué soñarte. Por qué quererte, para qué. Pero sobretodo por qué.


Texto: Virginia Fernández “Efectos secundarios”