domingo, junio 18, 2006

Perdí mi bolsa de frases.

Perdí mi bolsa de frases y ahora solo puedo mirarte. Salí al balcón a ver si estabas, quería contarte que las frases se me escaparon, dejándome triste como niña pequeña sin juguetes, pero tampoco te encontré a ti, ni siquiera tú estabas en la esquina, tú que siempre andas en la calle, sonriendo a la nada y con la cara pintada de blanco.
Las frases se fueron el jueves por la tarde del 37 de Junio a las 17:15, ¿A que es bonita la fecha?, apuntaré esta fecha en mi agenda, solo la utilizo cuando estoy triste, por lo que la voy a llamar agenda de días tristes, cuando estoy contenta no me acuerdo de que existe y ando todo el día como loca por la calle.
Es una buena fecha para salir a pasear la del jueves 37 de junio, ¿No crees? Lo malo es que las frases se fueron sin mí, y las echo de menos, sin ellas estoy perdida, echaron a andar metidas en su bolsa, las vi por la calle, paseando como si nada, iban saltando en su bolsa transparente, estuvieron a punto de ser atropelladas, pero ellas como si nada, seguían su camino sin reparar en que yo las estaba mirando desde el balcón, ¿Te imaginas? Iban hacia la playa, creo que querían bañarse, ni siquiera se despidieron de mí, ni me preguntaron si yo quería ir. Las vi como se emborronaron con el agua de la playa, que traté de borrar con la goma que te robé el otro día, la que utilizas para lavarte la cara, pero no hubo manera, seguían mojando todo y haciendo un ruido como plaf plaf o como plof plof.
Hoy ando más contenta porque han vuelto, tú también has vuelto, te veo desde aquí haciendo de payaso. Ahora salgo a pasear.

Fin

VirginiaFernández “Perdí mi bolsa de frases”

miércoles, junio 14, 2006

Infancia robada

Escultura en hierro de : Manuel Gallardo

miércoles, junio 07, 2006

Ya no estarás tras los murmullos de la rejas.

Ya no estarás tras los murmullos de las rejas, ni asomado a las esquinas cuando pase paseando de la mano de tu reloj sin prisa que me acompaña a cada paso. Gritos ensordecedores llenaran mi cabeza desde ahora, gritos sin mensaje, sin sentido, sin letras que formen palabras bonitas.
Ya no seré la misma al recordar, porque no serás tú el que me escuche agazapado por el miedo de la distancia sin barreras que nos creamos tú y yo hace tiempo, barreras inalcanzables, que asfixian, agotan tu ser y lo llenan de desencanto.
Ya no pasearé cogida de tu mano por las desvalidas tardes de invierno cuando la lluvia visite la estancia gris de tu imaginación y poco a poco la ilumine.
Ya no vendrás a despertarme de madrugada con tu voz callada, ni saldrás volando con un temblor de mariposa al anochecer sin mirar atrás sabiéndome observadora de tus lentos movimientos mientras una lágrima resbale por mi cara paseando por todo el cuerpo hasta llegar al final.
Ya nada será igual, porque todo eso es del ayer, pertenece a nuestra infancia callada y desarmada, tan desarmada como nos encontramos ahora, como siempre hemos estado, solos, huérfanos de palabras esperadas, de palabras que cayeran sobre nuestros oídos despacio y nos salvaran. Como muchas veces lo has hecho, salvarme del precipicio que se abre bajo mis pies. Palabras que se escucharan caer despacio, como el suave manto que cubre tus párpados cuando no miran, pero están mirando algo, a lo que mi recuerdo no llega.
Todo esto que te cuento pertenece a aquello que fuimos sin saberlo. Pasa camuflado en tu mirada cuando te acercas a mi. Me sonríe desde lejos, y no me toca, es casi inapreciable, es tal a una suave caricia imaginada y me gusta, como tú.

VirginiaFernández “Ya no estarás tras los murmullos de la rejas.”

viernes, junio 02, 2006

Las nubes en la vida de Eder

Eder estaba quemando nubes de algodón, pero de a poco, porque si las dejas mucho rato se ponen negras, se derriten y no se pueden comer. El rosa va perdiendo su color, ya sabes que éste no es un rosa normal, sino un rosa de nube, o mejor, un rosa de nube de algodón. Por eso justo cuando están tostadas es cuando tienes que sacarlas del fuego.
Para poder quemar nubes de algodón en la vida de Eder se tienen que dar dos circunstancias. Una es que encuentres el alambre adecuado en la cochera. Y otra es que sea la noche de San Juan, que es cuando su abuelo lo deja comer todas las nubes de algodón que él quiera. Eder es huérfano y en las noches de San Juan sale a pasear de la mano de su abuelo y de una nube.

Fin

VirginiaFernández. “Las nubes en la vida de Eder”

lunes, mayo 29, 2006

Lo bello y lo triste

El tren olía a bolígrafo, era azul y me gustaba, aunque realmente lo que me llamaba la atención no era el tren en sí, sino la sensación que me producía observar a la chica pálida que iba sentada enfrente de mí, tenía ojos azules y estaba muy triste. Iba sentada al lado de una señora mayor que supongo sería su madre, no paraba de mirar por la ventanilla, a pesar de que era de noche y no se veía el paisaje, yo a su vez aprovechaba para mirarla en el reflejo del cristal, mientras hacía como que leía “Lo bello y lo triste” de Yasunari Kawabata. Qué guapa era. Intenté llamar su atención de alguna manera, sin conseguirlo. Ella estaba sumida en no se qué pensamientos, que abstraían su mente de lo que la rodeaba en ese momento, es decir la señora sentada a su lado y yo, únicos viajeros en ese vagón. No se cuál sería su punto de destino. Yo estaría viajando aproximadamente unas seis horas y cuarenta y cinco minutos, según me habían indicado en la estación, así que tenía toda la noche por delante y unas nulas ganas de dormir, por lo que decidí seguir con mi libro. Poco a poco fui cayendo en un sueño profundo, en el que soñé con girasoles amarillos y flores exóticas en alguna ciudad oriental, tal como Shangai o Tokio, o tal vez Kioto. Desperté sobresaltado por un movimiento del tren y miré hacia el asiento de la chica. No estaba allí, aunque la señora que la acompañaba si se encontraba en el lugar donde la había dejado antes de dormirme, descansaba. Me levanté y salí al pasillo a fumar un cigarrillo. Vi que la muchacha venía hacia nuestro compartimento, al llegar a mi altura noté como rozaba mi mano, dándome un papel doblado, sentí un escalofrío. Volvió a su sitio, y el pasillo del tren se me hizo cada vez más y más pequeño. No vi nada más, el tren cayó por un precipicio. Fue todo tan rápido, de mi garganta escuché salir un grito ahogado. Abrí los ojos en medio del caos y de la gente gritando, estaba sudando. Me encontraba solo en el vagón, estaba amaneciendo, el tren seguía su camino, y en mi mano había un papel arrugado escrito con bolígrafo azul, en el que se leía: Regresad o moriré.

VirginiaFernández “Lo bello y lo triste”

jueves, mayo 25, 2006

martes, mayo 23, 2006

Vidas caóticas

No tengo frases, solo silencios sonoros. Ni imaginación que compense tus preguntas. Si tengo, y por tanto digo sí a:
Comunicarse, expresar, ser comprendido, no serlo; interrelacionarse, evolucionar, quedarse en casa por la noche, morir, vivir; estar, no; irse, volver; comer, descansar, dormir, leer toda una tarde, por ejemplo Rayuela de Cortázar; tener un gato con una novia llamada Pinzi y bebés; volver a ser otra vez sin darme cuenta, estar en alguna parte en algún momento determinado de mi vida sin estar; sentirse bien; correr, más bien poco; reír, llorar, reír llorando; no volver a ese lugar más; subir montañas; tener una tortuga que tome el sol, tener a Chu; no matricularse nunca más de cursos a distancia; salir contigo y reírme mucho, por ejemplo dejarme el carnet de conducir en casa, no importarme, irme contigo, escuchar que me dices que voy arreglada con los pantalones árabes, estar rara todo el rato, escuchar decir son tontos y reírme otra vez a carcajadas, tener agujetas en la cara, no poder gesticular, estar cansada, no querer irme de aquí nunca, hablar de Benedetti cuando ya es muy tarde, preguntar a cualquiera si le gusta y ver su cara extrañada ante la pregunta, no enterarme de nada de lo que me susurras al oído, lo siento, decir que sí; ver que haces esculturas de hierro en forma de pollos explotados que trabajan todo el santo día y llevan en el pico tornillos, porque son mecánicos; que subas y bajes y vuelvas a subir; que te canses, que duermas bien, que te sientas bien, que ensayes delante del espejo, que pintes; volver a reír, que me regales fotos raras; ir al Pavana; pasear; no subir andando hasta Mojácar pueblo desde la fuente en un día caluroso, con sol y con la calle cortada; bajar, no entender, no tener frases, sí silencios sonoros, no imaginación para compensar tus preguntas, si sueños. Si te quieros.

VirginiaFernández “Vidas caóticas”

martes, mayo 16, 2006

Paula


De vez en cuando regreso a esos lugares que me llenan los ojos de luz y de lágrimas, de cuestas sin fin, de paisajes desérticos, de casas encaladas, de nada, de todo a la vez. De ese color de quietud, del color blanco, que sólo he visto aquí. No hay otro lugar que tenga esos colores, en todo el mundo. De la playa y la arena, de la niñez, de ti, de mi, de nosotros. De señoras mayores, con caras arrugadas, con una sonrisa puesta, con pañuelos en el pelo para resguardarse del sol y vestidos negros. Donde a veces te sientes extraño y observado. Donde yo no soy yo, sino la proyección de mí sobre ti. Donde existe paz. Donde te conocí. Ese lugar donde se encuentran las raíces del mundo.
En ese lugar me asomo y te veo de lejos, te observo y estás tan guapa Paula. Pasas descalza, tu risa se entremezcla con el silencio disparatado de este lugar.
Desfilan por mis ojos poco a poco esas sensaciones de color azul, o así es como yo las veo e intuyo, todo es tan raro, porque no me imagino aquí, y sin embargo estoy.
De vez en cuando te echo tanto de menos, aunque no te lo diga. Es cuando regreso otra vez a esos lugares en los que no existe el invierno y todo el rato huele a café.

VirginiaFernández “Paula”
Fotografía: Cedida por GideonRichardson. Calle de Mojácar.

domingo, mayo 07, 2006

Los inventores


Hay dos amigos en una cabaña encima de un árbol. Los amigos llevan abrigos y bufandas. Es invierno y juegan. Llueve y ellos están en la cabaña encima del árbol. Juegan a ser mayores, son niños pero crecen, no se dan cuenta. El invierno pasa, la primavera, el verano y el otoño, ellos siguen jugando, se inventan juegos para no aburrirse. El cielo ahora es de colores, ellos sonríen. Fabrican sus tirachinas con trozos de madera y cuero que encuentran por los alrededores de la ermita. La ermita es vieja, dentro hay un búho, y muchos trastos viejos de la Chacha. El búho es enorme, casi como ellos de grande y tiene los ojos muy abiertos, los mira con curiosidad, parece que les quisiera decir que lo dejasen ir. A ellos les gusta. Un día el búho no está allí, y no se sabe más de él, en toda la vida.
Tiran piedras a la fuente mientras las mujeres lavan. Hacen el intento de cazar pájaros en las minas de los alrededores. Cantan en la máquina cantadora, que no es otra que una piedra en forma de piano, mientras los mayores van al campo, viven de eso, son pobres, pero ricos. Son felices, no lo saben, siguen creciendo. Se escapan de casa y van a bañarse a las balsas, el papa Juan los sigue sigiloso y les quita la ropa, tienen que volver a casa desnudos, son niños pero aún así, ya saben lo que significa la palabra vergüenza, esperan que sea de noche para volver a casa, la mama Carlota los espera, les da la cena y los acuesta sin que el padre se de cuenta, se acuestan muy rápido. Al día siguiente inventan el cine, y lo ponen en una casa abandonada a las afueras del pueblo, cobran entradas y de mayores quieren ser inventores.

VirginiaFernández “Los inventores”
Fotografía: Del mejor graffitero de Graná "Ese niño"

domingo, abril 30, 2006

Juan, El Chapas

Juan, el Chapas, dormía su pobreza como si fuese rico; dormía en un cajero de banco, y la vivía de igual modo: de banco en banco, por el parque. Cada día a la misma hora se levantaba y seguía una misma ruta, paseaba por las mismas calles desiertas, aunque llenas de gente, vacías. Todos los días bajaba por la Calle Sierpes, doblaba la esquina y se adentraba en la estación de tren, allí pasaba las horas mirando cómo la gente se despedía de sus familiares, cómo cogían trenes sin rumbo que los llevaría a quién sabe dónde; otros volvían y tenían reencuentros con sus amantes, se abrazaban y besaban como si en ello les fuera la vida; niños con abuelos de la mano paseando como él. Una nostalgia lo invadía entonces, no sabía nada de su hija, la buscaba entre las caras de la gente, pero en vano, muchos años atrás habían dejado de verse; abuelas pidiendo en las aceras; gamberros jugando y metiéndose con todo el mundo, le tiraban piedras y reían sin parar. No se cansaba de ver a la gente ir de un lado a otro, ni de contar los raíles que nunca acababa de contar. Así la veía pasar, tranquilo, sin prisas, sin amargarse demasiado. Nunca sabía cómo iba a terminar ese día o si tendría fin. Había días en que todo le parecía igual y otros días en los que el sol brillaba de forma especial para él, o eso creía, las nubes parecían reírse y bailar. En fin, todos los días se levantaba temprano, cuando el bullicio no le dejaba conciliar el sueño, ese sueño que tan rápido lo visitaba por las noches después de ingerir alcohol en pequeñas proporciones de cartón barato, alcohol que lo ayudaba a no pasar frío durante las noches frías de invierno. Su casa estaba en la Plaza Altamira, justo en la esquina izquierda si miras la plaza desde abajo, es decir desde la calle Barraquer; le había costado mucho conseguir esa especie de hogar a la intemperie, que era el cajero en el que cada noche se veía morir un poco más, pero al fin y al cabo era su casa, donde amanecía todos los días rodeado de cartones viejos, que hacían a la vez de cama, de manta, o de mantel según fuera el caso. Estaba tranquilo y no tenía miedo porque sabía que si algo debía de ocurrirle, le pasaría de igual modo. Unas semanas atrás se había instalado con él Sam, un perro sin raza, muy grande, lo solía acompañar a todos sitios, la gente los miraban de reojo cuando iban paseando por el Paseo, porque realmente imponía, era un animal de proporciones exageradas para ser perro, en fin, pero era noble como el viejo Juan el Chapas, él lo sabía y con eso le bastaba. En la vida de Juan también había un niño que lo solía seguir todas las tardes por las calles de Almería, el niño lo observaba, desde lejos, parecía que le tuviera miedo, siempre andaba por fuera de la acera, metido en la carretera por donde circulaban los coches, era algo que al viejo le llamaba la atención, no sabía por qué lo hacía, pero le hacía gracia, porque cuando él era pequeño también había tenido esa costumbre. El niño se llamaba Basilio. Un día Juan el chapas dormía tranquilamente en el banco del parque Federico García Lorca y notó como si alguien andara cerca, miró de reojo y vio a Basilio acercándose sigiloso, cuando estaba muy cerca de él Juan abrió los ojos, el niño se asustó, pero Juan le dijo que no corriera, que quería ser su amigo, Basilio sonrió, entonces Juan le preguntó que por qué andaba fuera de las aceras. Basilio volvió a sonreír y dijo: -Señor porque así lo hacen las personas mayores. Y sin dejarlo parpadear prosiguió: - Y no se enfade, pero lo sigo a todas partes porque usted es mi abuelo. Entonces una sonrisa iluminó al viejo. Ese día era de los especiales pensó.

VirginiaFernández “Juan, el Chapas”

miércoles, abril 19, 2006

Los parentescos

Déjame contarte algo que quisiera que me contaras. El comienzo de los comienzos. Sí, es difícil, pero todos hemos tenido ese principio, más o menos difícil o doloroso, según la situación, pero no deja de ser comienzo o final de algo, según se mire. Antes tengo que hacer un preámbulo, es decir, explicarte cosas que deben ser entendidas antes de empezar una historia. Mira Mi Lu, primero tienes que saber qué son las táteles, las mámeles y las búbeles, porque sin comprender eso no podemos empezar. Me has preguntado que si una tátele es una Amelie o una Adele, pues te digo que sí, pero quiero que sepas que todos los niños del mundo tienen táteles o casi todos y no todos se llaman Amelie o Adele, puede que se llamen Narea o Ainés o también pueden ser Denis o Ibai o muchos más nombres, éstos son los hermanos de nuestros padres. Si nuestros padres no tienen hermanos no tenemos táteles y es muy triste porque no podemos jugar con ellos, ni nos hacen cosquillas, ni nada. Por todo esto yo soy tu tátele Amelie, me quieres y me gusta cuando me dices txori te echo de menos. Por otra parte resulta que las mámeles son las mamás, las mamás de nuestras mamás son las búbeles, las queremos mucho y a su vez ellas nos quieren. Y así todo el rato, ¿Ves qué fácil?.
Bueno, pues la mámele Baia está muy triste porque la tátele Adele se ha tenido que ir lejos, y la razón es muy complicada, porque las personas mayores hacen cosas complicadas y sin sentido, ni lógica, aunque ellas crean todo lo contrario. Luego se escriben cartas con fotos y letras. La tátele cuando nos escribe nos cuenta que está bien y quiere que vayamos todos a vivir allí, dice que allí la gente es buena y la tratan muy bien. Por otra parte la mámele no quiere dejar su casa, pero también está harta de que le pinten letras feas en su fachada. Por eso la mámele llora y te abraza y tú no lo entiendes. Tampoco sabes lo que son los parentescos, sólo te ríes y le haces cosquillas, luego vienes a que tu tálele te explique las cosas de los mayores y todas las letras raras que forman palabras raras, pero pasa que a veces yo no se contarlas como tú quieres que las cuente.

VirginiaFernández “Los parentescos”

lunes, abril 17, 2006

Chicou


Por cortesía de : Manuel Gallardo.

martes, abril 11, 2006

Conversación de un uruguayo que anda enamorao

Todos estamos llenos de despistes y de franquezas, ¿Qué querés que te diga?. El otro día lo iba hablando con la flaca del quinto. ¡Qué mina linda Ché! . Todos los días me la cruzo por la escalera, me tiene refrito con esos ojos azules. Me mira y me transforma, soy otra persona, de repente me vuelvo amable con el prójimo, hasta una sonrisa aparece en mi rostro, se me pinta como si lo hiciera el propio Picasso en un momento de inspiración, dos pinceladas y ya, imaginad el nombre del cuadro :”Uruguayo con sonrisa”. Sí una sonrisa como caída del cielo y ¡Ché! uno no está acostumbrado a estos cambios de carácter, luego pasa lo que pasa, las habladurías por el barrio, que si el gallego anda cambiao, que ya no es el que era, que está mal por un asunto de faldas, que anda raro, que no viene más por el boliche y bla bla bla, ¡Qué aburrido!. Yo que todo el día ando con el drama , este mal carácter me ha andao acompañando durante mis treinta y cuatro años. Pues vos sabés que cuando la veo desaparece, se esconde como si fuera un caracol al sol, me vuelvo solícito, educado, lo que se dice todo un tipo de bien, como diría mi vieja. En fin, será el amor que me visitó, tocó a mi estancia sin avisar y se quedó instalado acá, conmigo, durmiendo a mi lado. ¡Pero mina linda, qué has hecho! . Que sí que ya se que no me pegá, que tu no me imaginás así, pero oye uno es humano, no atemporal como vos creés. Uno tiene su pequeño corazoncito, hermana: siente, ríe, llora, habla, canta , vive, incluso se va a la compra y de farra, en fin todas esas pequeñas cosas que hacen, cuando se suman, al ser humano que soy, o creo ser. Ché me pongo sentimental y no me va, hazme un favor: Paráme el carro. Ciao bella.

Fin.

Virginia Fernández

miércoles, abril 05, 2006

Monólogo sobre los nadies, tú y yo

“Los nadies, los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos”. Eso somos nosotros. Todos, grandes y pequeños, ricos y pobres, blancos y negros, todos diferentes pero iguales a la vez, aunque creamos lo contrario. Aunque te entristezca. Tenemos nuestro pequeño momento de gloria, creemos que somos los más importantes, que todo gira a nuestro alrededor, que sin nosotros no existiría el mundo, o por lo menos el que nos rodea, y no es así. Tenemos nuestra burbuja a medida, como la que el Principito le hizo a su planta para que no pasara frío en invierno, o calor en verano, para que ningún animalillo que andara despistado y suelto por ahí se la comiera. Pues igual, nosotros andamos en nuestro mundo prefabricado y no nos damos cuenta de que todo es efímero, y mentira, ¿No te das cuenta? Nos creemos el centro del universo y nos equivocamos a cada momento. Es triste, no lo podemos cambiar. Si miras al cielo, por la noche, en verano, tiene que ser una noche despejada y sin luz, tienes que estar tumbado mirando hacia arriba, si ves las estrellas te darás cuenta de lo que te digo. Es muy sencillo, en muchas otras circunstancias puedes tener esa sensación de vacío existencial, no es nada triste. A mi me gusta la sensación, porque el sin sentido que veo, me hace ver el sentido de las cosas y del mundo mucho mejor. A mi solo me pasa cuando miro a las estrellas en verano, ¿Has visto qué raro?. A lo mejor a ti no te pasa, o te pasa muchas veces, en millones de sitios y espacios, ojalá, porque verás todo mejor. Yo cuando lo siento me doy cuenta de todo, me doy cuenta de que lo que me rodea no tiene valor alguno, o tiene muchísimo, o de que la gente que me rodea se equivoca constantemente y miente, o dice la verdad a medias o la verdad simplemente, ¡Qué bien cuando es así!. Veo que yo me equivoco muchas veces, o no. Pensarás que estoy loca. Si lo haces lo entenderé. Ya sabes que te escribo para escribirme, y que me encanta cuando me dices te odio, sobretodo en los momentos de ver, porque se lo que significa.

Fin.

Virginia Fernández.

viernes, marzo 31, 2006

Mi yo conmigo y sin mí

Estaba hasta las cejas de barro cuando te vi aparecer por la esquina, abrumas con tu mirada de ausencias que no esperan, de gritos ahogados, de pasos agigantados, de sufrimientos y despertares sin mis ojos, de buscarme entre la gente, por el metro, por el parque, de felicidades instantáneas, de ti sin mi, de echar de menos, de querer, de eso y de todo lo demás que ya sabes. Todo eso es lo que veo en tus ojos cuando te miro, cuando te veo aparecer por esa esquina, me pongo nerviosa al verte. Yo llena de barro te espero y despeinada como niña traviesa y mal criada que soy.
Te alegras al verme por supuesto y sonríes, yo estoy sucia, con barro en la ropa, con barro hasta las cejas y en la calle como siempre que me encuentras, es de casualidad, pero de una casualidad buscada, de esa que la sabes sin saber, la buscas sin buscar, te la encuentras de repente, te sorprendes y te alegras.
A ti te da igual que vaya sucia porque no ves mi ropa, sino a mi, a mi y a mis ojos, a mi y a mi yo. A veces lo saco a pasear y no lo dejo escondido. La verdad es que no me gusta dejarlo en casa, pero a veces no hay más remedio, ya sabes que odio tener que sonreír cuando no quiero, odio estar seria cuado quiero reírme a carcajadas, odio odiar, pero es así a veces. A ti tampoco te gusta odiar, te pones feo y malhumorado cuando lo haces, me da risa el pensarlo, en el fondo me gustas también así.
A ese yo es al que tú ves y te gusta claro, te llena de alegría porque te lo noto enseguida. A mi me gusta también, somos más felices mi yo conmigo que sin mi, y tú con mi yo. Somos pequeños, pero crecemos y nos alejamos.

Fin.

Virginia Fernández

lunes, marzo 20, 2006

Sweet bottle


Por cortesía de : Manuel Gallardo

lunes, marzo 13, 2006

Un caramelo dentro de un calcetín

Lo que me gustaría ser a mí si no fuera lo que soy, un caramelo dentro de un calcetín, porque se tiene que estar muy a gusto, caliente y a oscuras para dormir todo lo que quieras, además los caramelos dentro de los calcetines tienen que endulzar la vida del que usa el calcetín por eso te metí uno dentro de tu par de calcetines, para endulzártela. Mira primero se endulzan los pies, luego las piernas, luego los brazos y sube hacia arriba hasta la cabeza y te sientes como borracho, pero es una borrachera diferente, como empalagosa y dulce a la vez. Estaba dormida y escuché el sonido, sabía que era el del tacto del caramelo dentro del calcetín, es un sonido muy particular, pero inconfundible suena como a desenvolver un regalo, como a envolver dentro de un periódico un libro, como cuando te regalan flores y las coges con cuidado para que no se rompan, no sé, ¿Cómo explicarte?, como cuando mueven bolsas y tu estás durmiendo, pero en la habitación de al lado y se escucha a lo lejos, es decir como el poema 20 de Pablo Neruda que dice : “Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos”. Pues así. El caso es que me hice la disimulada y pensé ya me ha pillado, sabía sin verlo que estabas tocando el caramelo, además sólo tú eres capaz de encontrar en un cajón lleno de ropa interior los calcetines que tienen caramelos dentro, y yo ya lo sabía sin verte reír, ya sabes como soy. También se como eres tú y sabía que justo después de ese sonido vendría la pregunta, es decir, ¿Qué hace un caramelo dentro de mis calcetines?. Me reí y ruboricé a la vez, pensando en qué estarías pensando, lo que pasa es que no te diste cuenta porque yo estaba dentro del edredón muy a gusto, casi como si fuera un caramelo dentro de tu calcetín, y no me veías la cara. Entonces escuché que me decías, ¿Estos calcetines son míos?, y no te lo pude confesar porque me moría de vergüenza, sólo te dije que no te comieras el caramelo y que los calcetines eran míos, pero en realidad son los tuyos, los negros de invierno que me gusta ponerme para dormir, pero desde que metí el caramelo ya no me los pongo porque si no, no causarían el efecto, es decir el de endulzar al propietario, o sea a ti. De hecho te está endulzando, de a poco, se te nota cuando miras. El caramelo es un Sugus azul.

Fin.


Virginia Fernández.

Esto empieza

Lo que me gustaría ser a mí si no fuera lo que soy, pero no puedo ser menos, qué le vamos a hacer. En el coche, una limusina, sentado sobre piel fina y bajo cristales ahumados, voy yo, de piel fina y llevo gafas ahumadas para que no se me reconozca. Quisiera parar el coche con una orden contundente. Bajar del auto, dejar el maletín en el coche, desbrocharme la corbata y lanzar al aire estas gafas y que el sol me ciegue. Unirme a los transeúntes, a esa familia que camina tranquila, o a esos chavales, que despreocupados, caminan sonrientes por la acera. Quisiera ese mismo peso sobre mis hombros, la de la vida cotidiana. Pero alguien tiene que preservar esto, y quien lo hace, no lo disfruta, créeme.
No recuerdo la última vez que fui “normal”. Creo que desde que fui elegido, la verdad, siempre he sido presidente. Uno deja de acordarse de lo que fue antes y da por sentado que siempre ha sido así, aunque caminé un largo trecho para llegar, se me ha olvidado el camino recorrido, sinceramente. El peso, que siempre es mucho, hace que las responsabilidades sean aplastantes para muchos, pero yo creo que he nacido para esto, es evidente. Detractores encontré al igual que mucho apoyo. Siempre dependiendo de los intereses de cada uno, incluso los míos, claro. Pero ahora estoy en la cima y hay mucho que hacer.
Estamos llegando. Esto está lleno de gente. No pasa nada. Los guardaespaldas salen antes, comprueban el perímetro, dan su consentimiento, podemos salir, está todo bajo control. Parece mentira, y suspiro. Vamos.
Espero que este partido lo ganemos, así estaremos un paso más cercano a Tercera Regional. Mojácar Fútbol Club lo merece. Te dejo, esto empieza.

Fin.


Por cortesía de : Gideon Richardson.

viernes, marzo 10, 2006

Sueños

Entró, observó, saludó y se fue. La habitación estaba iluminada, pero cuando se marchó cambiaron los colores, se oscurecieron por su ausencia. O ¿Serían mis ojos que lloraron e hicieron que el cielo fuera gris en ese momento? Su rostro era perfecto como de marfil, como de mariposa, como de luz y desapareció, como la lluvia, como la ausencia que deja la muerte, como la ausencia que dejó al morir. Al parecer es un sueño, ¿No os ha pasado a veces, que cuando despertáis de un sueño parece que todavía estuvieras en él?, eso me ocurre cuando despierto de un sueño de repente, por algo que te ha sucedido en él, que te ha hecho estremecer por miedo, alegría, y demás circunstancias fuera de lo normal que hacen que el subconsciente nos eche una mano y nos diga, tranquila, no pasa nada, todo ha pasado, era un sueño, despierta. Me desperté con esa sensación y tenía ganas de contártelo, contarte que te había visto, que estabas vivo y me abrazabas susurrando que no me enfadara si te ibas lejos, pero no estabas, no se que era peor, el sueño o la realidad. Estoy toda la mañana con esa sensación de estar viviéndolo aún, entre somnolienta y despierta ando, vago por las calles como un fantasma sin saber adónde ir, es una sensación de vacío, de soledad, pero a la vez de bienestar, de tranquilidad, de reconciliación con el mundo y todo porque te he visto, no se lo puedo contar a nadie, porque es una sensación rara, y muy mía. Además no sabría explicarlo. En la calle hay mucho bullicio, por las mañanas siempre es así, a medida que va pasando el día todo se va tranquilizando poco a poco hasta que la ciudad se duerme. Admiro la capacidad de comunicación que tienen muchas personas, a mi me cuesta mucho transmitir lo que pienso y siento. Antes no era así. Quedo con tu hermana para tomar un café en La Rambla, yo se que se preocupa por mí, intenta parecer optimista, habla sin parar, me cuenta un poco de todo y al escuchar su voz voy recobrando el sentido, voy despertando y dándome cuenta de que existe el mundo , me abraza y me da un beso. Voy tranquilizándome poco a poco. Se que esta sensación se irá, desaparecerá como todo en la vida, pero todavía no quiero dejar de pensar en ti, es pronto, mi conciencia tampoco me deja. Estoy triste. Algún día nos volveremos a ver, lo sé, por eso estoy tranquila.

Fin.

Virginia Fernández.

Bajo las estrellas de Agosto

Entró, observó, saludó y se fue. Sin más. Menudo era. Un mal bicho, como decían muchos. Escaso de palabras, sin apenas trato con nadie las pocas veces que aparecía por el bar. A mi no me extrañaba. La verdad, ¿qué había que decir? No mucho. Su mujer, siempre desaparecida, no le quería mucho. Es más, le quería poco, y él se pasaba las noches de verano buscándola, ya casi como un rito, mientras los demás le veíamos caminar, de puerta en puerta, de bar en bar, siempre con la misma pregunta en los labios. Incluso se podía decir que se había acostumbrado a ello, y que la búsqueda formaba parte de él y su relación con ella. Yo creo que en el fondo, por venir de donde venía, por su educación y su pasado, el buscarla ya era de por sí un acto de amor. El salir de casa, recién afeitado, bajo las estrellas de agosto, después de un horario laboral de 12 horas, en su busca, era amor. No tenía otro momento del día para hacerlo. Hubiera estado bien, no sé, que ella hubiera esperado, aunque hubiese sido un viernes cualquiera, a que él volviera, por lo menos una vez, que no tuviera él que buscarla, si no encontrarla, directamente, al abrir la puerta. Como camarero, filósofo y observador de la noche, se lo dejé saber a ella, una noche en que ella apenas se tenía en pie, cuando le serví la última copa de la noche. Esa que no se paga.
Sé que mi consejo hizo algo de mella en ella, creo que sé hablar a la gente y que me escucha. Cuando se lo sugerí, a ella pareció venirle algo a la mente, como si yo le hubiera dado una clave. Días más tarde supimos que efectivamente una noche de esas él la encontró en casa al volver, pero ella quizá lo entendió al revés, y le esperaba acompañada, en su propia cama. Creo que en el fondo, incluso las cosas que queremos decir con mucho ahínco, las cosas que nos quieren salir por el pecho, que no nos dejan dormir, esas cosas que realmente cambiarían nuestras vidas si las pudiéramos sacar, y que nos da tanto miedo decir, salen, por un lado o por otro, pero salen, en palabras o en acciones.
Ella se ha marchado del lugar para siempre con su amante. Feliz e infeliz a la vez. Me han preguntado, días después que dónde está él, ese mal bicho que no habla nunca. Yo les digo la verdad, que entró, observó, saludó y se fue. No como un emperador precisamente. Sigue buscando y creo que si, cualquier noche de estas me pregunta, le diré la verdad, que acaba de irse, seguramente en su busca.


Por cortesía de : Gideon Richardson.

viernes, marzo 03, 2006

Benedetti-Cortázar

Ya mi rostro de vos cierra los ojos, y es una soledad tan desolada.
Ya mi yo te da la espalda para cuando te vuelva a encontrar sea otra vez sorpresa como la primera vez y risa.
Ya mis labios se cierran, pero es en una sonrisa esta vez, pero de echar de menos sin llorar, claro.
Ya mis oídos no escuchan, ni buscan, ni nada, tienen frío y no está el gorro de invierno, ni la bufanda de colores, te los llevas. Y el gorro me echa de menos porque me quiere, me comprende y es tuyo. La bufanda te quiere a ti porque es mía. También llueve y hace frío.
Ya mis manos no están porque se van con las tuyas de paseo y se ríen de nosotros porque ellas se dan la mano y se besan en el parque delante de todos y no les da vergüenza.
Ya mis ojos no miran porque no te ven. O te ven sin mirarte. Entonces lloran.
Ya mis pies no quieren correr porque no estás para hacerlos reír. Y Tu rana se ha escapado desde que te has ido, estaba triste y salió a buscarte. Mi gato se fue con ella para que no tuviera frío por la noche.
Y cuando menos me lo espero, me doy la vuelta y estás ahí, entonces mis ojos sonríen, mi rostro parece de fresa, mi yo salta y corre. Todo se transforma, cambia, se da la vuelta para verte sonreír con cara de niño travieso. Además te quiero, y hace tiempo y frío.

Fin
Virginia Fernández.

Dulce pesadilla

Ya mi rostro de vos cierra los ojos y es una soledad tan desolada, porque al dormir no me mira y sin ser mirado ya no existo. Se cierran los mundos bajo sus párpados y no giro y se acaban las estaciones amorosas, y las nubes quietas, dejan de llover sobre los campos necesitados de mi piel.
Ya sus manos de vos no mueven el aire en que siento, y no hay aves libres en el cielo. Sin estaciones ni aves ni cielos, mientras ella duerme, devastado, la miro. Cruza galaxias en su dormir, cruza océanos de pensamientos galácticos y mares de estrellas que la quieren consigo. Mientras la miro, sus ojos estrellados de sueños dulces y lejanos y yo sobre la cama de tierra quieta, planto besos para cuando vuelva y que estén crecidos para que los recoja despierta.
Ya mi sueño de vos es cierto. Ya tu despertar ocurre, y siento vivo el tiempo, y voy a la cocina incierta de comidas muertas y preparo el desayuno. Mi vida. Buenos días.

Fin
Por cortesía de : Gideon Richardson.

jueves, febrero 23, 2006

Donde ser pequeño es:

- No cambies, anda , nunca. ¿Sabes? a mi me gustaría tener una cabaña en el campo.- Dije yo.
- ¿Cómo te gustaría que fuera?.- Me dijiste.
- Pues así, mira te la dibujo.- Entonces saqué una libreta y un lápiz y dibujé una casa, pero la casa no estaba bien dibujada.
- Que bonita.- Sonreíste al decirlo.
- Pero no me ha salido como yo la quería, ¿Te gusta?.- Te dije.
- A ver que te la voy a dibujar yo,¿ así?.- Cogiste mi libreta y la dibujaste.
- ¿Cómo lo sabías?.- Te pregunté. Entonces sonreíste.

A mi cuando escribo me gusta ser una niña, como la de arriba, y ver las cosas de esa forma peculiar, donde las nubes juegan conmigo si se lo pido, y hacen formas raras para mí, donde soy una bruja buena y pelirroja, con una rana en mi jardín, que toma el sol y cuando hace frío se refugia en el porche, con muchos gatos también y la perrina. Donde la luna me roba los juguetes, para luego devolvérmelos cuando vuelve a salir, que seguro era mi hermano que me los escondía y yo creía que era la luna. Donde en la casa de mi abuelo por la noche el reflejo de los espejos en la pared son fantasmas malos, y por más que se lo diga, no me cree, dice que él no los ve. Donde las calles estrechas se quedan en la memoria y parece que son enormes, y cuando creces y vas te llevas un chasco porque tú no las recordabas así, sino el triple de grandes. Donde los veranos son muy calurosos sin aire acondicionado y hay balsas para ir a bañarse con los otros niños, por ejemplo con Collao, Rocío, Esther y muchos más. Donde los gatos a veces son los hijos, y al Cabezonado le da un aire. Donde juegas a no hablar y estás mucho rato callada y se preocupan por ti pensando que te ha pasado cualquier cosa. Donde en el recreo del colegio juegas a los Pitufos y tu maestro es el que más sabe de todos, sobretodo si te cuenta historias de mitología griega y de Ulises, en vez de enseñarte lengua o matemáticas, como no. Donde la gente cuando crece no cambia. Donde juegas en una ermita vieja y parece que estuviera llena de tesoros. Y cuando eres pequeña te gustan mucho las escaleras de las casas, siempre que vas a una casa, en lo primero que te fijas es en eso, si tiene te gusta si no, no. Me encanta jugar con las escaleras las subo y bajo muchas veces, como si fuera un castillo. Y me escondo. No cambies, anda, nunca, te oigo decir.

Fin.

Virginia Fernández

No cambies


No cambies, anda, nunca, las cosas que ya están consolidadas. Te lo digo, porque me dicen, me cuentan, que andas por ahí, gritando al mundo, que puedes cambiar las cosas. Es más, dices que el mismo mundo puede cambiarse así mismo, cuando y como quiera. ¿De qué vas? Estás liando la cosa, por si no lo sabes. Cambiar no es tan fácil, y menos para el mundo, y tú, mucho menos. ¿Crees que con las palabras como arma vas a hacer algo? ¿Crees en serio que la gente cambia, así por así, porque tú lo digas? Las cosas son como son por una razón, y no hay razón para cambiar esto. Si no fuera así, ¿crees que seguiríamos viviendo así? ¿En serio crees que no se ha intentado antes, antes que tú, antes de que las cosas fueran para siempre así? Es la última vez que quiero oírte decir que hay posibilidades de cambiar nada. La naturaleza. ¿Cómo demonios te has atrevido a hablar de la naturaleza como amiga nuestra? ¿Pero dónde vives tú? ¿En un bosque? No, ¿verdad? ¿Acaso cazas lo que comes? No, ¿verdad? ¿Cuida ella de ti? No, ¿verdad? Para eso estoy yo. Está claro. Que te calles. Luego hablas de no sé qué cosa de unirnos todos contra el mal. Hablas de drogas, de atentados contra la salud en general, de violaciones de los derechos más fundamentales por parte de una minoría poderosa que no mira más que por sus propios beneficios, pagando los inocentes, incluso con su vida. Te atreves a afirmar que existen casos comprobados de manipulaciones de la información, haciéndonos creer incluso que las cosas que son no son, y viceversa. Bien bien, vas muy bien enfilado, en serio, hacia tu final. Abogas ciegamente por una justicia injustificada, que no existe, una esperanza tan lejana que ni su forma se adivina. Una verdad, que seguramente, está escrita con B, de …banal. Que te calles te he dicho. Manipulaciones de la verdad, ¿pero en serio te crees eso? Todo está claro desde el principio. El que no lo tiene nada claro eres tú, me temo. Guerras, ¿qué tienes tú en contra de la guerras? ¿Es que aquí nos matamos a tiros? No, ¿verdad? A ti qué te importa que las minorías se inventen razones para conquistar países. ¿De qué inocentes me estás hablando? ¿Los conoces personalmente? ¿Son tu familia? ¿Amigos, conocidos? ¿Tan siquiera sabes dónde están esos países? Mencionas continuamente el petróleo, ese material que come tu coche para llegar a todos los sitios donde vas y a los que quieres llegar. ¿Y qué pasa con el dichoso carburante? ¿Contra eso también pones el grito en el aire? Lo que faltaba. Si, si, ya sé, energías limpias y renovables. ¿Qué, con lejía nos vamos a mover ahora? El viento déjalo para los molinos quijotescos, que ya ni se usan, por alguna razón será, y no me vengas con las placas solares, que aquí solo tomamos el sol los domingos y puede que durante la semana los lagartos. Pero de ahí no pases. Ya, los recursos. Mira, te lo diré una vez, y no más, si quieres seguir en nuestro partido será mejor que no cambies, anda, nunca. Si lo haces, sal por esa puerta y no vuelvas, que nosotros estamos aquí para gobernar, no para arreglar el mundo, ni nada. Si, si, lo que has oído; para gobernar, con G mayúscula. Ni se te ocurra mencionar otra vez la palabra corrupción. Mira, me has hartado. Sal de aquí y que no te vuelva a ver. ¿Qué dices? ¿Cómo vas a crear tu propio partido? ¿Qué tu programa político será mejor que el nuestro? Ya, claro, la verdad por delante. Es cierto en parte lo que dices, pagarás como ciudadano inocente que eres. Venga, adiós y suerte.

Por cortesía de: Gideon Richardson.

miércoles, febrero 22, 2006

Tipos de abrazos

Con un abrazo se confunde todo, incluso el hielo más duro, la amistad más grande, el amor y yo no quiero confundir con abrazar, porque a mi siempre me han gustado los abrazos, es más creo que sin abrazos no podría vivir, son más importantes que los besos y mira que los besos son importantes, creo que nada es más placentero después de una larga conversación y un beso que un abrazo. Pero hay muchos tipos de abrazos, por otra parte, están los abrazos de colores, que son los que los niños te dan, o sea los que yo te doy, mis abrazos son de colores porque son de niño y me gustan porque son de esos en los que cuando los das y te los dan te sientes protegido, sientes que te envuelven, pero yo creo que ese tipo de abrazo solo te lo doy a ti, porque cuando abrazo a mi madre, ella me dice que ese abrazo no es de colores, sino de lluvia fresca y otras veces me dice que es de nube, bueno yo se dar muchos tipos de abrazos, pero para ti solo utilizo el de colores porque sé que te gusta el arco-iris. Luego están los abrazos de sabores que son los que me das tú, esos abrazos son dulces y parece que me esté comiendo un caramelo de fresa o un helado de chocolate, nadie me da abrazos de sabores como tú. El otro día iba andando por la Avda. Cabo de Gata y vi como una pareja de enamorados se daba un abrazo, me quedé pensativa porque ese tipo de abrazo no lo había visto antes, era azul y era muy bonito. Luego los abrazos que me daba mi abuelo eran de oso panda y mira que no me gustan los osos, pero esos abrazos me encantaban. En fin, que te mando un abrazo de cada tipo por todos los besos de colores que tú me das.

Fin.

Virginia Fernández.

martes, febrero 21, 2006

Ya no la quiero es cierto

Con un abrazo se confunde todo; incluso el hielo más duro se cree carbón si se estruja aplastante contra el barro. Es poco lo que se tarda en tomar a la esperanza por el cuello, la esperanza de ser distintos y creer que somos nosotros quien decide esto. Famoso es el caso de la ducha; siempre supe que tenía buena voz. Luego descubrí que sólo era en la ducha. Creía que el agua y su efecto relajante tendrían algo que ver. Investigué a fondo el tema y encontré que esto lo pensaba mucha gente; casi todo el mundo daba por sentado que tenían buena voz cuando se duchaban. Así, tras arduas pesquisas, llegué a la conclusión que lo que tenemos en común no es el talento, si no que las duchas, normalmente, tienen una acústica envidiable.
Así, cuántas cosas de esta vida me han hecho llegar a falsas conclusiones, que tras saber qué hay encima, y qué hay debajo…me dejaron sin aliento. Pocas son las cosas que son, de por si, lo que son. Cuan relativo todo, cuan sujeto a lo que ya hay establecido desde siempre. Y llegamos nosotros, sin más, osados, a pensar que hemos descubierto el círculo, el fuego o América. Ya no canto, es cierto, cuando me ducho;. tarareo humildemente.
Los amores también pintan de esta guisa. Qué de descalabros, qué de buscar y encontrar lo que no buscábamos. Qué diferente todo, una vez conseguido. Y lo conseguido, que nos llena de tal manera que ya no lo queremos. Cuando la veo a ella, ya no la quiero, es cierto, y ella tampoco, pero la miro, humilde de mí, y pienso que, con un abrazo, lo confundiría todo.

Por cortesía de : Gideon Richardson.

domingo, febrero 19, 2006

viernes, febrero 17, 2006

Pensamientos contradictorios

El reloj marcaba las diez y media, el teléfono sonó a las once. El reloj se había parado, pero no el tiempo, el tiempo siempre sigue, es lo único que no deja de moverse.

Cuando sonó me sobresalté porque estaba pensando en cómo volar con los ojos cerrados mientras dormimos y reímos a la vez.

Cuando sonó el teléfono una parte de mi conciencia se quedó allí pensando en las musarañas, por ejemplo la parte izquierda de mi cerebro, pensando en que bien se estaba pensando y la otra se despertó con el teléfono, entonces se separaron, rompieron, se pelearon, sólo por unos instantes, y fue entonces cuando la parte izquierda le reprochó a la derecha que era demasiado ordenada y racional, mientras que ésta le reprochaba a la otra que era demasiado soñadora e irracional, fue así como descubrieron, por otra parte, que no existe el blanco sin el negro, el bien sin el mal, el perro sin el gato, el gato sin el ratón, la rana sin la lluvia, la lluvia sin el sol, el sol sin la nube, la nube sin el viento, el sol sin la luna, el cielo sin el infierno, el soñar despierto, el estar despierto y soñar ,el ying, el yang, el te quiero sin el te odio, yo sin ti, tú sin mí, y todas esas cosas que sabes que nos hacen ser, existir, todas esas cosas que complementan a la otra, fue entonces cuando la parte izquierda de mi conciencia y la parte derecha hicieron las paces, para volver a pelearse al día siguiente por algo parecidoy discutir y una vez más volver a reconciliarse, por supuesto.



Fin

Virginia Fernández.

Nunca había estado aquí.

El reloj marcaba las diez y media, el teléfono sonó a las once. A las doce estábamos en la carretera. Llegamos por la tarde, cuando el sol jugueteaba aún en el horizonte, con las nubes vagas y anaranjadas del norte. Nunca había estado aquí, es cierto. Lo había visto en algunas postales, en algunos programas de la tele, pero nunca había estado aquí. Quizá por eso vine sin dudarlo. Al fin y al cabo solo son unas horas. Cinco, para ser exactos. Lo justo.

Dejamos las maletas en el apartamento. Subimos al pueblo. Cenamos en un restaurante. Bebimos en un bar. O quizá fueron varios. Si, seguramente fueron varios, pues tengo el recuerdo de entrar por una puerta y luego salir por otra, o sea que fueron varios, o fue uno, con dos puertas. No lo sé. ¿Eso importa?

Cuando volvimos al apartamento lo primero que pensé fue en mis camisas. Tenía que sacarlas de la maleta y colgarlas dentro del armario, pero recuerdo que pensé que eso era muy complicado. Tiré la maleta dentro del armario, y mi cuerpo cayó sobre la cama.

Al despertar sentí un hambre tremenda. Pensé que no sabía donde estaba. Pensé en otro lugar, en otro momento, pero el sonido de las olas del mar me devolvió sano y salvo a la orilla de mi cama. Mi mar de dudas se disipó al levantarme e ir hacia el salón. Sobre la mesa un móvil. En la pared un reloj que marcaba las diez y media. El teléfono sonó a las once y a las doce estábamos en la carretera.

Por cortesía de: Gideon Richardson.

miércoles, febrero 15, 2006

martes, febrero 14, 2006

Ikeray y Luz.

Todo es gris en la vida de Luz cuando Ikeray no está.

viernes, febrero 10, 2006

Colores y sensaciones

Me siento bizco cuando la miro, pero si no la miro no existo. Si la miro me desmayo, pero si no me muero. Si la miro veo circulitos y estrellas, si no negro, pues ya me diréis que tengo que hacer, si vivo o muero, que dilema el mío. Le pregunté a mi amigo Zogo qué hacer, pero él está peor porque dice que él cuando se enamora ve circulitos como los míos pero de colorines con lunas y soles, pero eso solo si le da un beso. Si ella lo mira, muere, si la mira y ella no, entonces sufre y llora, es ahí cuando se pone a escribir monólogos que siempre hablan de lo mismo, sí de caballeros, princesas y dragones, todo en 120 segundos, por cierto están muy bien. No sé qué pensar, porque a mi amigo Liam es al contrario dice que cuando se enamora, como se enamoró de Roma, todo se convierte en lluvia y alegría claro y ve en rosa. Sale al parque todos los días con la intención de verla y hacerle fotos, para luego dibujarla, tiene todo el salón lleno de esbozos de Roma colgados por ahí, cree que si tiene muchos cuadros de ella, ella lo quiere más. Ella no lo conoce, yo creo que ni lo mira cuando pasa por su lado. Ella es un mimo del parque y cuando llueve se le cae el maquillaje blanco y sus ojos se vuelven estrellas cuando se ríe, es muy gracioso el verla correr y reír bajo la lluvia vestida de payaso, sin embargo a él le gusta. A mi me gusta mi vecina de al lado que se llama Abitza, ella hace teatro en la calle, también se pinta la cara para hacer reír a los niños, es como Roma, pero sin estarse quieta, es muy guapa. Ella sí me mira cuando pasa por mi lado y me sonríe, más bien se ríe, entonces yo me desmayo. Ayer le pregunté que sentía ella cuando se enamoraba y me dijo que ella veía en azul, también le daba vueltas la cabeza, se le rizaba el pelo y reía sin parar, por cierto no paraba de reír y me mosqueé, porque cuando me estaba hablando vomité, y me desmayé, cuando desperté estaba en su casa, me había puesto un termómetro y marcaba 40 de fiebre. ¿Significará esto algo?- Pensé. -Absolutamente, escuché decir a mi conciencia.

Fin.

Virginia Fernández.

Para eso estamos

Me siento bizco cuando la miro, Esteban, eso es que estoy borracho, ¿verdad? Verdad. Aunque creo que es que has perdido las gafas. Bueno, quizá sean las dos cosas. Si, puede que sea eso. Ya sabes que todo es doble cuando pierdes la cuenta. Incluso la cuenta. Si, cierto. ¿Me ves a mí doble? A ver…no, a ti te veo...uno. Bueno, no estás tan mal entonces. Pero es que estás cerca…a ver…aléjate. ¿Aquí? No, no, más lejos…Ahí. ¿Aquí? Ahí, ahí ya te bifurcas. A ver, habla. ¿Qué quieres que diga? No sé hombre, anda que no hay cosas que decir…Ya, pero joer, a ver…el desladrillador que los desladrille…Pues buen constructor será, ¿no? Hombre, si lo revende después, pues si, estará haciendo bien su trabajo. Se estará forrando querrás decir. Si, bueno, lo que sea. Pues no lo he escuchado dos veces…Será que el sonido no se duplica cuando bebes. Será…la verdad es que sí se duplica, porque en este estado todo el mundo tiene que repetir lo que me dice, por lo menos…dos veces. Oye… ¿de qué estamos hablando? Me decías que cuando miras la cerveza que tienes en la mano te vuelves bizco, aunque creo que te la acercas demasiado. Será eso. Eso es, no te quepa duda. ¿Y tú’ ¿ No bebes? Pues no, amigo, hoy no bebo. ¿Y eso? Pues no tengo ganas, la verdad, que mañana madrugo. ¿Como los panaderos? Bueno, no tan radical. Tengo que estar a las nueve de la mañana en el banco. ¿Para sacar dinero? No hombre, en el banco de la plaza, que ahí hemos quedado. ¿Con quién, para qué? Bebe, no te pongas nervioso hombre. Pues hemos quedado para ayudar a un amigo. ¿Le conozco, quieres beber algo? Que no, pesado. Y si, le conoces. ¿Y qué le pasa a ese amigo que no sé quién es? Pues tiene problemas evidentes y creemos que sólo la amistad que le tenemos pueda salvarle. ¿Salvarle? ¿Está en peligro? Si, se puede decir que está peligro. ¿Pero qué clase de peligro? ¿Está colgado de un precipicio? Hombre, pues si, ahora que lo dices, está apunto de caer desde lo alto, hacia abajo, si más cabe. Joer, ¿pues cómo es que esperáis hasta mañana? Hombre, unas horas más o menos no importa mucho. Pues ya puede el tío agarrase bien, ¿no? Pues si, si es algo es un agarrao, así que contamos con que seguirá ahí, esperando que alguien le socorra. Vaya, vaya, y yo que creía estar mal y mira tú, siempre hay alguien en peores condiciones. Si, en eso no te falta razón, los hay quienes han caído ya…y no hay forma de recuperarlos. Bueno, dejémonos de charlas, que el humo de aquí me está asfixiando…Si si, hasta yo que fumo no puedo más. Entonces, ¿nos vemos mañana? Si, nos vemos mañana a las nueve, en el banco. ¿Yo también le voy a salvar? Claro, duerme la mona, nos vemos ahí, y directamente te llevamos a la clínica de desintoxicación, amigo bizco.

The end.


Por cortesía de : Gideon Richardson.

miércoles, febrero 08, 2006

martes, febrero 07, 2006

Unai y sus pensamientos.

Cerró la puerta de la casa, tiró la llave lejos mientras salía disparado hacia el coche, hacía viento y esto le impedía pensar con claridad, el viento se lleva nuestras ideas, y vemos gris. A él no le gustaba nada el viento por esa razón. Había salido tan rápido que olvidó despedirse de su gato, era simpático el gato, gris y gordo. También tenía una rana, pero ésta no era suya, aunque estaba pensando en adoptarla. La rana se había instalado con ellos una semana atrás, yo creo que por el tiempo, porque estaba gris y triste, y a la rana no le gustaba andar sola por la ciudad con frío. La rana también era simpática y verde, verde especial, ya sabes, no verde normal, se había hecho amiga de él rápidamente, por las mañanas siempre estaba a los pies de la cama y no había muerto aplastada de milagro, pero aún así le caía bien a Unai. Salió rápidamente aquella mañana al contestar la llamada de Ainara, pues habían ingresado al viejo Ikeray, Ainara era la novia de su amigo Ikeray, el nieto de Ikeray, eran amigos de siempre, habían jugado juntos de chicos en el mismo barrio gris, todo es gris en la vida de Unai cuando hace viento y cuando ingresan a viejos que podrían ser tu abuelo. Cuando llegó al hospital encontró a su amigo allí, Ikeray abrió los ojos y los vio, de repente se puso a contarles una historia, les habló como cuando eran niños, les contó que él era carpintero y que estaba construyendo un barco, que era para ellos para que pudieran jugar y soñar como todos los niños del mundo, que se tenía que marchar lejos, que no se lo podían impedir, pero que no se preocuparan porque todavía le quedaba un poco para estar con ellos, que también estaba pintando un cuadro, era un cuadro de girasoles rosas y violetas, el cuadro estaba a medias y tenía que acabarlo antes de irse, que no lo entretuvieran más. Una sonrisa se dibujó en su rostro y dijo que Luz lo estaba esperando y volvió a sonreír de nuevo. Una lágrima resbaló por la mejilla de Unai, que atrevida que fue la lágrima, en general todas las lágrimas son atrevidas e impertinentes, porque delatan nuestras emociones, y nosotros siempre intentamos ocultarlas, por qué seremos tan complicados, pero en fin, no era una lágrima de tristeza, sino de alegría porque el viejo estaba contento, y porque se había ido el viento a pasear de la mano de una nube, dejándole tranquilo por un rato, para poder volver a casa pensando con claridad , pensando en qué estarían haciendo su gato y su rana recién adoptada.

Fin.

Virginia Fernández.

Escapando de Casa

Cerró la puerta, tiró las llaves lejos y se metió corriendo en el coche. Era la última vez que vería su casa, la de su nacimiento, donde pasó lo que era hasta ahora su vida. “ No hay tiempo!” le gritaba la familia desde el coche. No había tiempo, era cierto, para recoger el tiempo fraguado en objetos, recuerdos y demás cosas que uno hubiera querido llevarse consigo. Se quedaban pues las paredes marcadas de infancia, las habitaciones vacías de descubrimiento asombrado, las puertas hechas paredes, las ventanas dormidas y el tejado solo y sin tripas. ¿Quién iba a escuchar a la casa doliente? No quedaba nadie que la acurrucara con sueños de futuro.
Al marcharse sentía esto. Sentía el quejido clavado de la casa, su mirar quieto por entre las cortinas, su querer despedirse sin desaliento. Pero al arrancar el auto y mirar por la ventana trasera le pareció que las escaleras le sonreían. Le pareció que el espíritu del edificio se alzaba sobre ellos cual titán hecho de sombras y de miedo. Le pareció escuchar la lluvia de sus lágrimas hecha pena estática y perdida. “Cimiento que nos asegura al suelo, cimiento que nos impide movernos”, pensó antes de divisar la columna gigante de agua que hacia ellos se dirigía.
Se sumaron al río lento del tráfico y se marcharon de Nueva Orleáns lo más rápido que pudieron. Al fondo, un lago y en su fondo, su casa ahogada.

Fin.

Por cortesía de : Gideon Richarson.

domingo, febrero 05, 2006

Luz para Virginia


Por cortesía del artista: Manuel Gallardo.

martes, enero 31, 2006

Subido a un árbol hacía el pino.



Subido a un árbol hacía el pino, desde esa perspectiva veía las cosas diferentes y a mí me encanta eso de ver las cosas distintas, se trataba del mundo al revés, este mundo tenía el tejado en el suelo y en el cielo el resto de la casa, mi madre tenía los pies en el cielo, que era el suelo, pero que éste a su vez estaba donde estaba el cielo, la ropa que estaba tendida en la puerta de la casa tenía las pinzas en el suelo que era el cielo y la ropa estaba mirando al lado contrario, total, un lío. Estuve así once minutos y treinta y seis segundos, aunque puede parecer poco rato si lo que estás haciendo es jugando con los amigos, si te escapas de casa y te vas a bañarte a las balsas, si estás intentando cazar pájaros, cenando o esperando que tu madre haga patatas fritas, bueno en este último caso también pasa el tiempo muy despacio. Pero si lo que estás haciendo es el pino encima de un árbol, es todo un record, yo nunca había estado más de seis minutos y cuarenta y seis segundos que fue la última vez que lo intenté, así que esto para mí era una gran hazaña, claro que “gran hazaña” lo que se dice “ gran hazaña” fue cuando aparecí en el suelo, que ya no estaba en el cielo, sino donde siempre había estado, de golpe y porrazo y nunca mejor dicho porque el golpe que me di fue tal, que me tuvieron que llevar a urgencias de urgencia, -Jesusico! Tás matao!- escuché decir a mi madre, me rompí un brazo, menos mal que fue el izquierdo, porque yo soy diestro, y si me hubiera roto el derecho hubiera sido una catástrofe aún peor, porque estar cuarenta y un días sin poder hacer nada hubiera sido imposible en mí, que no puedo estar parado más de dos minutos seguidos. La última vez que estuve enfermo pensé que me iba a morir todo el día panza arriba en la cama, que horror sin poder hacer nada y todo el mundo tratándome como tal, la “tatica” venía a visitarme y me daba pellizcos en la cara, no me quiero ni acordar, lo único bueno era que mi madre me preparaba el postre que más me gusta que es tarta de helado de chocolate con trufas, bueno esto último creo que lo soñé por la fiebre y eso. En fin, ahora solo pienso en curarme porque ya estoy pensando otra vez en cómo hacer el pino subido en un árbol y con la mano izquierda.

Fin.

Virginia Fernández.

Ha renacido una estrella.

Subido a un árbol hacía el pino. Era lo último. Había gritado “ Si no hay estrella yo lo seré!”. Así era Matías, nuestro tío Matías. Había crecido en Boston, después de que sus padres abandonaran el pueblo en la década de los cincuenta. Se establecieron tempranamente en Boston, por ser una ciudad llena de fábricas, donde el abuelo podía encontrar trabajo fácilmente. Matías, que siempre fue artista, se inclinó tempranamente hacia el mundo del espectáculo. Era un payaso. De pequeños, cuando venían brevemente al país, su visita nos llenaba de alegrías. Al ser mayor cuidaba de nosotros y hacíamos excursiones y mil cosas. Siempre tuvo nuestro aprecio. Y nosotros el suyo, se le veía en la cara. Por la noche, en nuestra casa en el campo, alrededor del fuego se inventaba historias fantásticas sobre Boston y América en general. Nos pintó un mundo industrializado donde los sueños salían de las chimeneas industriales y flotaban en el aire para quienes los quisiera coger. Ahí sobraban los sueños, nos decía, y cualquiera puede cumplir el suyo, si lo agarra bien y no se le lleva a uno volando.
Cuando murió aquel anciano no venerable, que tenía el país como si fuera su patio trasero, se celebró con una nueva visita de la familia. Aunque yo entonces no entendía mucho, si veía una felicidad general en todos los adultos. Se abrazaban, brindaban, recordaban a gente, con sus nombres, que había caído y que era una lástima que no pudieran estar ahí, cosa que me desconcertó, pues el que sea cae se le ayuda a levantarse, me enseñaron y no se le deja por ahí tirado. Fue entonces cuando Matías nos dijo que iba a hacer su primera película, como actor, nada más ni nada menos que en Hollywood.
Fueron años dulces. La familia de América nos enviaba dinero casi cada mes, lo cual ayudaba mucho en la economía casera. Nunca nos faltó de nada. Cuando crecí, siempre influenciado por Matías y sus sueños voladores, sentí la terrible necesidad de hacer algo en el cine. Mi apellido me ayudaba, por qué negarlo, pero en España era otra cosa. Sólo la gente internacional de la industria cinematográfica me asociaba con mi primo, y eso en el fondo era bueno. Empecé humildemente. Sin apenas recursos, con un apellido semi-conocido. El éxito tocó a mi puerta. Tenía bien agarrado mi sueño. El dinero comenzó a entrar a raudales. Las mujeres las acabé llamando “carpinteras” por tocar todo el día mi puerta. El trabajo era mucho, y el tiempo se volvió corto.
Cuando la carrera de Matías tocó fondo España ya era libre desde hacía tiempo. Se acercó al país, algo confuso, pues su éxito pasado agradó a la televisión española, y lo contrataron, quizá algo engañadamente. Realmente su carrera cayó en picado en América por sus excesos. Mujeres, dinero, drogas…no tardaron en llevarle por el camino equivocado, aquel por el que yo no pasé.
Fui a verle a Madrid. Ni tan siquiera había llamado a su familia española. Tanto había cambiado. No era más que la sombra de lo que fue, pero al verme algo antiguo y genuino volvió a despertar en él. No tardó ni tres días en romper su contrato delante de los productores y nos volvimos aquí, a la paz indestructible del pueblo y nuestra casa de campo. Ahí recordó, antes de pasarse tres días encerrado para purificarse dijo, a sus padres y a los míos. Anduvimos los caminos antes recorridos, donde la risa y el jolgorio nunca paraba. Pocos meses después llegó la Navidad. Ese año se reunió toda la familia, la que quedaba, y resultó ser bastante numerosa. Llegaron de Boston, de Los Ángeles, de Burgos y hasta de Teruel. Fue toda una sorpresa. Algún familiar de locura similar a la de Matías se ocupó de todo y pudo reunirnos a todos. La casa, llena de niños, de tíos, de abuelos, rebosaba en felicidad y nunca vi a Matías tan completo y lleno de turrón. Cuando alguien insinuó que el pino tenía de todos lo adornos navideños menos la estrella no tardó mucho en lanzarse al jardín, y delante de todos, y una vez ahí, encima del árbol, mientras hacía el pino dijo feliz: “De nuevo, soy una estrella”.


Por cortesía de Gideon Richardson.







jueves, enero 26, 2006

Para: Zogo, a good man.

Cuento: El tirano que tenía miedo al compromiso


- Perdón,- dijo el tirano, cuando dejó de ser tirano para convertirse en persona. Esto había tardado en llegar, pero llegó, como la lluvia, como el sol, como todo en la vida.
Parecía estar escuchando a su enemigo cuando dijo: “Mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre”.
Él se convirtió en persona gracias a ella. Sí a esa niña que sobrevivió a la barbarie sin que nadie reparara, entre fuego y escombros, a ese ser indefenso que lo miraba con sus ojos suplicantes mientras él levantaba la espada para darle fin, por un momento recapacitó y vio en ella algo que no había logrado ver en tanta desolación que dejó a su paso, tantas vidas sesgadas para nada, tanto secuestro y sin razón. La llevó a su castillo, arropó, alimentó y cuidó. Aunque nunca dejó de ser egoísta, que más que egoísmo era miedo al compromiso, pero esto ante los demás le hacía parecer un ser sombrío y solitario. Al cabo de los años, en una noche de luna llena, cuando todo estaba ya olvidado, se encontraba en sus aposentos cuando oyó un grito desgarrado en la noche, sintió frío y miedo, como todos los que habían sufrido su afán de conquista y poder. La niña apareció a sus ojos, pero no era ya una niña, sino una mujer, su larga cabellera pelirroja, contrastaba con su palidez y vestidos negros, la hacían parecer sacada de un cuento de hadas.

- Padre, le dijo.- tengo que decirle algo, la persona a la que usted cuidó y crió como a una hija, no es un ser natural, soy una bruja de la lluvia, y debo ir con los de mi especie, pero debo llevarlo conmigo, porque debe guiarme en mi camino, necesito a alguien que haya cruzado alguna vez el Pantano de Fuego.

El tirano que ya no era tal, dejó caer su taza al suelo y empezó a temblar. No entendía muy bien lo que la muchacha quería decir, pero comprendió que tenía que empezar a hacer algo en la vida por los demás, comprometerse en algo, y no correr de un lado a otro, sin rumbo ni camino, aunque esto sólo fuera ser guía de su hija, que había resultado ser una bruja pelirroja y pecosa, llena de encanto, claro. Por ella había dejado de ser un tirano, por ella había pedido perdón una vez en la vida.

Fin.

Virginia Fernández.

El templo del tirano.

_ Perdón- dijo el tirano- no puedo ser más que lo que soy. No puedo dar aquello que quiero vilmente. No puedo tomar aquello que me ofrecen, si no tomarlo porque quiero. Así si. Anulando. Tomando lo que mi dios a predispuesto para mi.
_ Pero no lo comprendemos- dijeron los campesinos.

Y así era. Llevaba el religioso instigando a la población nada menos que siete años para que la construcción del templo siguiera su curso. Un curso inventado por él, por supuesto. Anunciaba éste verdaderas catástrofes para los nativos, enfermedades, hambrunas y climatologías adversas que arrasarían con todo si el proyecto no llegaba a su fin.
Tanio, joven lugareño, trabajador arduo como los demás vio pronto que el sacerdote no respondía por el bien del pueblo, si no a los de su dios inventado. Por ello, el creyente obtuso mandó, bajo amenazas celestiales, construir el templo en lo que Tanio consideró el lugar más provocador, en lo más alto de al montaña. Aquella parte del monte era visible desde el mar. Ahí donde estaban construidas las casas de los campesinos no. Por eso habían elegido la falda de la montaña, que apuntaba hacia el norte, parte que no se divisaba desde el mar. Y fue así durante siglos. Pero eran tiempos en que el tiempo aún no se medía, eran tiempos tan antiguos que aún no había nacido una religión concreta.
Cuando al poblado llegó aquel hombre vestido de pieles desconocidas, collares inverosímiles, apoyado sobre un gran bastón, la gente no supo qué pensar. Éste vio en su sorpresa su principal herramienta; saludó cortésmente ahí donde iba y poco a poco fue ganando la confianza de algunos, que como quiso, manipuló. En poco tiempo creó creyentes, basándose siempre en el miedo que sus palabras causaban. Poco después creó discrepancias entre los pobladores y lo demás fue esperar.
Para cuando pusieron la primera piedra, en la zona prohibida, Tanio tuvo la certeza que aquello sólo traería desgracias. Discutió ferozmente con el sacerdote, pero éste, protegido por los ya muy creyentes, no se inmutó; su dios inventado exigía un templo, cuanto más alto mejor, para que se pudieran comunicar adecuadamente.
Y como en toda política, fuera de estado, de economía o religioso, la cosa fue imparable. A aquellos que gritaron más se les calló, en nombre de la creencia. A aquellos que destruían lo construido se les cortaban las manos, hasta que la violencia se convirtió en el único lenguaje.
El día final, en que la luna prometía ser llena aquella noche, llegó. Al igual que los feroces corsarios, de crueldad legendaria, después de divisar, cual faro en alta mar, el templo. Corría pues la noticia en todo el mediterráneo que un modesto pueblo se había enriquecido de tal forma, sin saber bien cómo, que erigieron un templo en lo alto de un monte, lleno de tesoros inimaginables.
A pesar de que el poblado se encontraba a dos kilómetros del litoral esto no impidió que su avance fuera rápido. Los corsarios arrasaron primero el poblado y sus alrededores. Los campesinos habían huido hacia las montañas y ahí no se les pudo dar caza, pero el sacerdote y sus acólitos presentaron una patética lucha que de nada les sirvió. Corrió la sangre, las cabezas, la vida.
No sé supo cómo el sacerdote había salvado la vida. Los piratas se quedaron tres días con sus tres noches, y al acabar su agresión volvieron a sus naves y siguieron rumbo hacia otros poblados del litoral. Cuando los supervivientes volvieron al pueblo se encontraron con la desolación y los cuerpos muertos de aquellos quienes creían en un dios inventado. El sacerdote, siempre cobarde, había utilizado un escondite secreto cuya factura nadie conocía. Había salvado la vida mientras los creyentes daban la vida inútilmente, algo que en la historia se repetiría hasta la saciedad. El sacerdote se presentó, cubierto de sangre ante el pueblo superviviente.
_ Perdón.- dijo el tirano.- no puedo ser más que lo que soy. No puedo dar aquello que quiero vilmente. No puedo tomar aquello que me ofrecen, si no tomarlo porque quiero. Así si. Anulando. Tomando lo que mi dios a predispuesto para mi.
_ Pero no lo comprendemos- dijeron los campesinos. Entre los asistentes apareció Tanio, con la espada de un corsario muerto. Atravesó al sacerdote, partiéndole el corazón en dos. Y espada en lo alto, goteante, gritó:
_ Nunca más creeremos en aquello que no vemos!.
El pueblo celebró este acontecimiento y en varios siglos jamás subió a lo alto de la montaña, por miedo a ser vistos, quizá por los corsarios, quizá por un dios colérico y desengañado.

The End.

Por cortesía de Gideon Richardson.

lunes, enero 23, 2006

Eric

El muchacho se había dado un buen golpe en la cabeza. Casi mortal. Lo olvidó todo. Olvidó el golpe, el lugar donde estaba, hasta quien era. ¿Qué somos? Me preguntaba yo al mirarle; memoria acumulada, nada más, nunca lo olvides. Pero vi que me miraba y quería decirme algo, sus ojos perdidos miraban sin rumbo, pero brillaban de una manera especial, diferente, me recordaban a alguien, pero ¿A quién?, yo también estaba allí porque tampoco recordaba la cosas, éramos diferentes de los demás por eso nos encontrábamos en aquel lugar, que tampoco estaba tan mal, la verdad, era como una especie de casa-granja en el campo, allí trabajábamos todos los días, cultivábamos lo que comíamos y teníamos como una especie de apartamentos que compartíamos con los cuidadores, que eran personas muy simpáticas que también alguna vez en su vida habían estado allí internadas y que se habían recuperado y habían preferido quedarse allí, con la excusa de hacer un bien a los demás, pero que realmente era porque no sabrían encontrarse otra vez con el mundo exterior. Salir al mundo era la última etapa de la curación como la llamaban, aunque realmente no creo que tuviéramos que curarnos de nada, porque fuera yo conocía a infinidad de personas como nosotros. Yo llevaba ya un año cuando él entró. En fin, que así fue como lo conocí, se llamaba Eric, me enamoré al instante de él. Sus ojos verdes me hacían olvidarme de que existiera nada más, sabía tocar el saxofón, y todas las noches tocaba como un ángel para mí, esto era en secreto porque él no sabía que yo lo observaba desde el salón, solía tocar a partir de las doce todas las noches. Él estaba en mi mismo apartamento, éramos dos chicas y él, además de la cuidadora en este caso. Nunca hablaba con los demás, daba largos paseos por el campo y alrededores de la finca. Un día lo sorprendí en el sendero que hay detrás de la casa. Intenté decirle algo, Eric, se asustó y empezó a correr, salí detrás de él, tropezó en unas piedras y se cayó, cuando logré alcanzarlo estaba llorando, me abrazó y besó como si me conociera de siempre, no paraba de mirarme, cosa que me turbó un instante, sentí mis mejillas ardiendo y de pronto escuché que me decía: te amo. Sentí el zarpazo del significado de esas palabras latiendo en mi pecho. De pronto empezó a llover, salimos corriendo hasta el apartamento, allí nos esperaba Karin, que era la cuidadora y Kat, nuestra compañera. Eric nunca me hablaba cuando ellas estaban allí, pero cuando nos quedábamos solos me amaba como nadie lo había hecho nunca. Nunca imaginé que en un lugar como aquel se pudiera sentir algo parecido a eso que llaman felicidad.

Fin.

Virginia Fernández.

No pasó en sueños.



El muchacho se había dado un buen golpe en la cabeza. Casi mortal. Lo olvidó todo. Olvidó el golpe, el lugar donde estaba, hasta quien era. ¿Qué somos?, me preguntaba yo al mirarle; memoria acumulada, nada más, nunca lo olvides. Pero ví que me miraba y quería decirme algo. No basta con quererlo. No lo intentes. No basta con intentarlo. No así, sin instrumentos ni herramientas. No puedes.
Se lo llevaron, tranquilamente en la ambulancia. Acostadito, mirando al cielo primero y luego al techo de la furgoneta. Me pregunto qué se puede pensar en esas condiciones. ¿Adónde va nuestra mente? Si la mente no piensa, ¿lo sabe? Sólo lo puedo comparar a nuestro estado natural del sueño, cuando piensa nuestra mente que lo que piensa es verdad y existente. Nunca me he pellizcado en sueños, nunca he dudado que lo que veía y pensaba era real. Nunca me he dado el gustazo de decir “ esto es un sueño, y puedo hacer lo que quiera, puedo flotar, volar, cambiar a los personajes, la interacción entre ellos, el lugar o el tiempo” en que, teóricamente, ocurre cuando dormimos.
Quizá por eso pienso que un cerebro roto, aunque roto, sigue pensante, descodificando la vida que le entra por algún lado, sin preguntarse qué hay fuera. Sin saber, triste de él, que está solo, aislado, limitado en su realidad y que todo lo pensante no es más que el análisis de lo ya absorbido, antes del accidente. En ningún momento pensará en pellizcos, en cielos de hojalata, y por lo que sé, en accidentes. Parece ser que olvidamos esas cosas, que no recordamos normalmente el suceso acaecido, lo último que vimos, o lo que absorbimos en el último instante antes de un golpe fuerte.
En algunos casos, el paciente despierta, y sigue el cerebro soñando. Ese es el peor de los casos, creo. Sigue uno sin pensar en pellizcarse y que la vida es sueño; a su alrededor las sombras de la realidad, como en una pesadilla, hacen su danza de cariño, con voces de ultratumba, intentando con palabras dulces que el herido vuelva, que despierte, que se pellizque y deje de soñar definitivamente.
Ahora, que el muchacho sueña que está despierto sueño que esto no ha ocurrido. No me hago a la idea de que todo lo vivido está borrado de su memoria; mi amistad, tantas veces demostrada, sus frases, su forma de ser, sus pecados y sus perfecciones, todo borrado, nada de eso ha existido, excepto en mi memoria. Quisiera hoy pues, ahora que estoy despierto, no dudar de que lo estoy, que no estoy tumbado en una camilla, que no estoy pensando que estoy escribiendo este texto. Me gustaría pellizcarme, por si acaso, no vaya a ser que fuera yo el que voló por los aires, aterrizando sobre un dulce sueño, donde tengo todo el tiempo del mundo para imaginar que escribo de nuevo.

Fin.

Por cortesía de : Gideon Richardson.

martes, enero 17, 2006

Ikeray cuando se hace mayor.

La señora se fue a sus aposentos, los demás miraban ensimismados a la gramola, pensando cómo demonios cabía una orquesta entera de músicos, o mejor dicho lo pensé yo porque todos bailaban y reían sin hacer demasiado caso a la gramola como me dijeron que se llamaba, a veces pensaba que yo ya no estaba en el mundo como decía mi abuelo cuando se ponía a mirar con sus ojos grises, que era los que usaba cuando no entendía lo que pasaba a su alrededor. En fin que así me sentía yo, como en un lugar que no estaba hecho para mí. Y me preguntaba donde estaría Luz, la buscaba entre las caras de aquéllos bailarines risueños, a ella también le gustaba bailar mucho, pero lo que más le gustaba era pasear cogida de mi brazo y susurrarme: ¿Me quieres? ¿Para siempre? ¿Tú y yo? y hasta que no contestaba lo que ella quería oír no paraba de repetírmelo, esto era: que sí, que para siempre y que ella y yo hasta el final, luego me decía ¿soy pesada? Yo sonreía. Al final fue ella quien me dejó solo, se fue de mi vida una tarde de enero igual que vino pero sin avisar, y no entendiendo que eso no lo podía hacer porque me rompería el corazón como lo hizo, claro, la muerte nunca avisa. Entonces me pongo a hablar con un chico muy simpático que se sienta a mi lado, me dice que la señora de la casa es su madre, yo empiezo a contarle cosas que veo con mis ojos normales, no con los grises como los de mi abuelo, contarle por ejemplo que a mí me gusta mucho dibujar y pintar y que mi primer cuadro se lo pinté a Luz, que ya no pinto tanto porque no veo muy bien. Él me sonríe, me dice que se llama Ikeray, qué casualidad como yo, que está enamorado, me señala a una chica pelirroja muy simpática que veo bailando y que me dice adiós con la mano. Le digo que es muy guapa. Él sonríe de nuevo. De repente, siento otra vez mis ojos grises, le digo al chico que me perdone, que me siento como mareado, que no se dónde estoy, no se muy bien qué hago yo en esta fiesta y me dice sonriendo:

- Pero abuelo si es tu cumpleaños, hoy cumples 99 años, ¿no te acuerdas?

Fin.

Virginia Fernández.

La gramola.

La señora se fue a sus aposentos; los demás miraban ensimismados a la gramola, preguntándose cómo demonios cabía ahí dentro una orquesta entera de músicos, pues nunca el sonido había sido aire solamente, sino parte de un espectáculo, la mitad de una actuación, que ahora intentaban comprender sin los músicos.
La señora, siempre divertida, se fue con la idea de que el mundo tardaba algo en comprender las cosas de la modernidad, y que con la observación casi siempre acababa por entender. Paco, El Alto, siempre observador de las cosas que no tenían que ver con los campos casi llegó a la conclusión exacta que la aguja leía un mensaje escrito, pero claro, el aparato al no tener una boca flexible y una lengua y mucho menos orejas acabó cansado y algo confuso. Otra cosa, dijo, que no tiene ni pies ni cabeza y sin embargo es fantástica.
Juana, La Peleona, no se inmutó. Como era bruja ya había pasado por la experiencia de escuchar cosas sin que nadie hablara. En sus ritos de montaña, bajo la luna llena, había hablado con los espíritus en repetidas ocasiones, y nunca había hecho falta una caja de madera con una especie de trompeta al final.
Antoñico, El Pelao, se había ido inmediatamente a un rincón, temeroso de no ver quien a él se dirigía. Sin embargo, la música, que era clásica, de un tal Ludwin, se le apareció más tranquila de lo esperado, y tales notas, algo complicadas en un principio, le calmaron. Le hicieron pensar en el campo, en los bancales y la transformación de estos durante las distintas estaciones. Quiso decirlo, pero mientras Paco, El Alto, se rascaba la cabeza, se dio cuenta que le faltaba vocabulario para expresar tales ideas.
María, La del Cerro, en cambio, parecía ser la persona más tranquila del momento. Había pensando inmediatamente en Luis, su prometido, y en las fiestas del Palacete, donde los ricos bailaban hasta el amanecer sin músicos, cosa que hasta el momento no había comprendido.
Cuando el disco acabó su girar sonoro reinó un silencio total. Los unos y otros se miraron entre si. ¿Se había roto el artilugio? Miraron consternados hacia la puerta de los aposentos de la señora, pero respiraron tranquilos, pues se escuchaba una especie de música, que no supieron identificar muy bien, sólo la voz de la señora, certificando que había otro aparato y que funcionaba bien. Aunque la señora sonaba algo cansada y dolorida, quizá a punto también de que se le acabara el misterioso disco. A todo esto, Paco, El de los Algarrobos, sabía mucho de gramolas, pues había ido a la ciudad y no estaba en la habitación con ellos.

Fin.

Por cortesía de : Gideon Richardson.


jueves, enero 05, 2006

Cuento de amor.

Los polos se descongelan mientras nieva en el mundo y aquí hace sol, siempre sol, pero sigue haciendo frío y más ahora que no estás. Me veo a mi misma gritando ¡no te vayas!, lo recuerdo como si hubiera pasado ayer. Recuerdo cuándo apenas éramos unos niños y nos enamoramos, corríamos por las calles, con el frío, escondiéndonos de la gente, me cogías de la mano a escondidas de mi padre. En esta época del año siempre lo recuerdo, porque siempre vuelvo allí, todavía te sigo buscando cuando vuelvo y pienso que vas a estar ahí. El frío cala los huesos, siento como escalofríos, pero creo que más que escalofríos son las mariposas que vuelven en estas fechas para meterse en mi barriga y no dejarme en paz, como en el cuento de la Reina de las nieves de Andersen, pero en vez de ser en el ojo del niño, es en mi barriga, en este caso, no hay nadie que venga a salvarme, claro. Por mucho que pase el tiempo sigo siendo la misma niña indomable que conociste, como a ti te gustaba llamarme, con todos mis defectos, sigo escribiendo a ratos todo lo que se me pasa por la mente, ya lo ves.
Todavía recuerdo cuándo nos casamos, teníamos diecisiete años, íbamos en vaqueros y lo hicimos, en secreto, sin que nadie se enterara, todavía guardo el sabor de tus besos, esto nadie lo sabe, porque nadie lo entendería.
Mi hija me vio llorar ayer y no supe explicarle. Todavía no se por qué vuelvo una y otra vez. Todos los años siento lo mismo, vuelvo a revivir momentos antiguos que nadie va a hacer regresar. Compré la casa de tus abuelos. Un día haciendo limpieza me encontré con unas cartas viejas, me gustaría que estuvieras aquí para contártelo, resulta que tu abuelo Juan estuvo enamorado de mi abuela Lola toda la vida, son cartas que tu bisabuela escondía y Juan descubriría muchos años después en un atillo, ahora entiendo por qué tenía siempre tan mal humor, por qué a mi abuela le brillaban los ojos cada vez que veía a Juan, se le encendían las mejillas, yo me reía y me decía:
-Niña algún día entenderás lo difícil que es la vida.
En fin, una vez más me encuentro aquí con mis recuerdos, una vez más vuelvo a echarte de menos, una vez más vuelvo a sentir el zarpazo que da la muerte.

Fin.

Virginia Fernández.


Cuento de fresa.


Los polos se descongelan mientras nieva en el mundo y aquí hace sol, siempre sol, menos por las tardes, que ahí sí se parece un poco a cualquier otro sitio. Puedes culparme, quizá, ya que en parte es culpa mía, no te lo niego, al fin y al cabo soy el que ha comprado los polos, sin avisarte, y te me has ido no sé adonde, en mitad de la feria, y como un tonto, yo aquí, sujetando dos palitos con agua congelada de sabores. Las cosas hay que avisarlas, como tú debiste avisarme de tu locura por los coches que choque, a los cuales te has ido, monedas en mano, para montarte y dejarme aquí, no paro de decirlo, con dos polos en la mano que se me derriten sobre el guante. En serio, si viviéramos ahí donde la nieve es cosa de todos los días no habría problema; entonces te podrías haber ido sin que tuviera otro efecto que la alegría de buscarte entre la gente, pero aquí, que aunque con un poco de frío siempre hace sol la cosa cambia. Y eso que ahora nieva en todo el mundo, que es lo raro. Aquí no, sabes que aquí nunca nieva y solo por eso tendré que comerme yo los dos polos y luego buscarte, con una sonrisa de fresa, para decirte cuánto me importas, a la vez que me suba a un coche de choque, un choque de coche, como digo yo, e ir a por ti, que siempre es un placer, como la fresa.

Fin.

Por cortesía de : Gideon Richardson.

Más arte..


Esta vez por cortesía de :Calzadaespinosa.

miércoles, enero 04, 2006

uN PoCo De ArTe


"La casa del gigante"

Hector Rojas Valdivia.


martes, enero 03, 2006

"Cualquier tiempo pasado fue mejor..."

“El amor verdadero es lo mejor del mundo, después de los caramelos para la tos" al llegar a esta frase Oswaldo no pudo contener la carcajada ¿Lo mejor del mundo después de los caramelos para la tos? No podía creerlo, el bueno de Willy al final había incluido la frase, algo cambiada es cierto, pero lo había hecho. Quedaban tan lejos ahora aquellos días en un minúsculo apartamento del barrio latino. Cuánto añoraba París… Quién se lo iba a decir, allí estaba, en mitad de la selva cinco años después, con el libro de Willy entre las manos, y le había hecho caso, había incluido la frase… Siguió contemplando el libro con emoción, como el que contempla un raro tesoro. Aparecía firmado por un tal Simon Mongerstern, pero él sabía que se trataba de un seudónimo, Willy ya había firmado otros libros como Harry Longbaugh, así que no le pareció raro, además él ya le había hablado sobre su intención de escribir una novela de aventuras que evocase los cuentos de hadas, y allí estaba: “La princesa prometida” Sus lágrimas resbalaron sobre la cubierta del libro mientras recordaba aquellas tranquilas tardes jugando al ajedrez, “El amor verdadero es lo mejor del mundo, después de los caramelos de menta”, eso decía willy cada vez que se disponía a encender uno de esos porros de maría que liaba tan mal, en verdad que parecían caramelos cuando retorcía el papel que les sobraba en ambos extremos. - Cinco años ya, cómo pasa el tiempo. Si le hubiera hecho caso a Willy… Oswaldo se abrazó al libro como lo haría un náufrago a los restos de su naufragio. - Cinco años - repitió mecánicamente mientras en su mente se atropellaban los recuerdos… los juegos en las calles de Sao Paulo, los años de estudiante en Lisboa, las noches de Barcelona, lo paseos por el barrio de Saint Germain des Prés, las tertulias del café de Flore, el viaje a Bogotá, el secuestro y cada uno de los días que había pasado en manos de la guerrilla de las FARC. - Es la hora – Le espetó alguien desde el otro lado de la destartalada puerta. Un libro, pensó, curiosa elección para una última voluntad.

Por cortesía de: Sereno.