Latas pintadas ríen en la noche mientras miran al cielo de Marrakech. Miran al cielo y sonríen al universo estrellado, oscuro y brillante. Yo las miro a su vez, las quiero coger porque me gustan las latas, y si están pintadas me gustan más.
Hay latas que tienen dibujos de historias contadas despacio, con los colores de las intenciones grabadas a fuego y a sangre de los que vivieron en esta tierra hace miles de años luz, cuando esta tierra también fue su tierra, pero tuvieron que marchar más allá de la línea del horizonte que se ve en el mar. Todo esto lo cuentan en sus dibujos, y nos gusta, porque así sabemos de ellos, y los entendemos mejor.
Hace miles de años luz tú no existías, ni yo, pero sí un niño morisco que se hizo amigo de otro niño que no lo era, y tuvieron que separarse para no volverse a ver nunca y sí añorarse siempre, durante toda la vida, como a la tierra del sol y la luna, como al cielo que hay encima de nosotros.
Latas pintadas nos cuentan historias antiguas. Nos cuentan lo que pasó. Latas iguales que las tuyas que ríen en la noche. Las tuyas no están tristes, las conocemos y nos guiñan un ojo en la noche cuando las refleja la media luna, y a veces nos ponen nerviosos si nos miran fijamente sin parpadear. Sus dibujos nos hablan de hoy, o como mucho de antesdeayer.
Pero latas antiguas no ríen, sino que tartamudean al tiempo mientras abrazan a una media luna que se mira en el espejo del mar. Intentan susurrarnos sus razones, quieren contarnos, que nosotros sepamos que este cielo también fue de ellos alguna vez, quieren reír como las tuyas que ríen en la noche mientras miran al cielo de Marrakech.
Virginia Fernández “Latas pintadas ríen en la noche mientras miran al cielo de Marrakech”
miércoles, diciembre 27, 2006
viernes, diciembre 22, 2006
Charcos
Saben los charcos de este lado de por qué las manos lloran. Saben de las noches heladas de limón, y de los ventanales que miran hacia cosas a la luz de una farola de noche con invierno puesto. Saben un poco de ti, porque cuando pasas a su lado los miras de reojo y ellos te miran a ti. Observan cuando pasas y miran a los ojos escrutando el rostro que aparece de contrabando.
Saben de todo eso que os cuento, y también saben un poco de todo junto. Son capaces de explicarnos el mundo por sabores y colores. Saben de niños que van a las puertas de los colegios y que saltan encima de ellos para jugar al primero que llegue gana, y ellos siempre ganan.
Saben de secretos guardados en la noche, de sueños imposibles, de ilusiones y desilusiones. Saben de odio y guerra, de paz y más, de ahogar la angustia de aquellos que la sufren, y de los que en la noche quieren vencer al miedo. Saben de la tristeza cuando no estás, pero callan.
Callan porque son sabios, el silencio nos absorbe a ellos y a mi, y vemos las estrellas con los ojos cerrados, aunque no haya luna afuera. Las estrellas se nos aparecen tiritando de frío en nuestra imaginación, porque ésta es libre, como tú.
Los charcos son testigos mudos de las alegrías y tristezas del mundo, son observadores callados y sabios, que se evaporan con el sol y la alegría de unas castañuelas que suenan a las dos y veintidós de la tarde, y también enseñan a mirar, y a escuchar al silencio. Ellos saben de por qué las manos buscan y no encuentran, y también del frío en invierno en la sierra con lago y manos que lloran a veces, pero sólo a veces.
Virginia Fernández “Charcos”
Saben de todo eso que os cuento, y también saben un poco de todo junto. Son capaces de explicarnos el mundo por sabores y colores. Saben de niños que van a las puertas de los colegios y que saltan encima de ellos para jugar al primero que llegue gana, y ellos siempre ganan.
Saben de secretos guardados en la noche, de sueños imposibles, de ilusiones y desilusiones. Saben de odio y guerra, de paz y más, de ahogar la angustia de aquellos que la sufren, y de los que en la noche quieren vencer al miedo. Saben de la tristeza cuando no estás, pero callan.
Callan porque son sabios, el silencio nos absorbe a ellos y a mi, y vemos las estrellas con los ojos cerrados, aunque no haya luna afuera. Las estrellas se nos aparecen tiritando de frío en nuestra imaginación, porque ésta es libre, como tú.
Los charcos son testigos mudos de las alegrías y tristezas del mundo, son observadores callados y sabios, que se evaporan con el sol y la alegría de unas castañuelas que suenan a las dos y veintidós de la tarde, y también enseñan a mirar, y a escuchar al silencio. Ellos saben de por qué las manos buscan y no encuentran, y también del frío en invierno en la sierra con lago y manos que lloran a veces, pero sólo a veces.
Virginia Fernández “Charcos”
martes, diciembre 19, 2006
Hagamos un trato
Si tú me cuidas, yo me curo, si no me cuidas, yo me alejo, y así siempre. Hagamos un trato entre dos, un trato entre tú y yo solamente. Un trato de esos en los que no existen papeles, ni firmas. De esos en los que las cláusulas nos las decimos al oído una tarde de invierno mientras vemos película en el techo. Un trato en los que existe música de violines todo el rato, a veces también lluvia, y momento del día en el que la sonrisa no nos abandona.
Me gusta tu apellido, porque me gusta la lluvia, porque tú te llamas Rain, que significa lluvia. La noche en la que te conocí llovió, cuando te vi aparecer por la puerta lo supe, me dije a mi mismo, si esta noche llueve, significará algo.
Estaba nublada la tarde y triste, de repente te vi en la puerta, me dijiste tu nombre, y ya no escuché nada más, sólo violines sonando adentro de mi, al ritmo de los latidos de mi corazón. Sé que era en mi imaginación porque intenté bailar contigo y tú me sonreíste a la vez que movías la cabeza de un lado a otro. La sonrisa es importante, y la tuya es preciosa. Por la noche llovió efectivamente, entonces lo supe, no había duda.
Tu sonrisa me acompañó a la hora de bajar al parking, de coger el coche, de conducir hasta mi casa. Llegué y ahí estabas de nuevo golpeando en mi ventana de cuadros. Lo hacías en forma de gotas de agua, querías entrar, y yo quería bailar contigo. Salí a la azotea y empecé a bailar mientras el agua mojaba mi pelo, mi cara, mi ropa, me mojaba a mí. Y sí, agarré un resfriado, entonces te lo dije, hagamos un trato, si tú me cuidas, yo me curo, si no me cuidas, yo me muero.
Virginia Fernández “Hagamos un trato”
Me gusta tu apellido, porque me gusta la lluvia, porque tú te llamas Rain, que significa lluvia. La noche en la que te conocí llovió, cuando te vi aparecer por la puerta lo supe, me dije a mi mismo, si esta noche llueve, significará algo.
Estaba nublada la tarde y triste, de repente te vi en la puerta, me dijiste tu nombre, y ya no escuché nada más, sólo violines sonando adentro de mi, al ritmo de los latidos de mi corazón. Sé que era en mi imaginación porque intenté bailar contigo y tú me sonreíste a la vez que movías la cabeza de un lado a otro. La sonrisa es importante, y la tuya es preciosa. Por la noche llovió efectivamente, entonces lo supe, no había duda.
Tu sonrisa me acompañó a la hora de bajar al parking, de coger el coche, de conducir hasta mi casa. Llegué y ahí estabas de nuevo golpeando en mi ventana de cuadros. Lo hacías en forma de gotas de agua, querías entrar, y yo quería bailar contigo. Salí a la azotea y empecé a bailar mientras el agua mojaba mi pelo, mi cara, mi ropa, me mojaba a mí. Y sí, agarré un resfriado, entonces te lo dije, hagamos un trato, si tú me cuidas, yo me curo, si no me cuidas, yo me muero.
Virginia Fernández “Hagamos un trato”
miércoles, diciembre 13, 2006
viernes, diciembre 08, 2006
Ya se cuál es el secreto de las ciudades.
Ya se cuál es el secreto de las ciudades. Su secreto es saber mirar al tejado de los edificios. Lo descubrí ayer mientras paseaba por sus calles grises. Los tejados de los edificios de las ciudades son altos y no se puede ver si son rojos, como los de aquí. No se puede pasear por ellos porque da vértigo, no se dejan mirar a los ojos, están serios, son sombríos, parecen hombres de pelo gris y mirada altiva que no quieran hablar contigo. A mi me gusta que me hablen los edificios, que me cuenten historias raras y antiguas, pero los edificios no me hablan, se quedan callados mientras paseo, miran hacia otro lado a mi paso, y me siento triste. Yo no quiero que sean grises, pero lo son. Son grises y antipáticos, deben de aburrirse pienso, mientras compro golosinas en la esquina del Retiro, esperando a que bajes de casa para ir a jugar.
A mi me gustan los tejados de color rojo, en los que se pueda pasear sin ser visto de la mano de la luna, darle un beso de contrabando con reflejo y sabor a mar. A mi me gustan esos tejados en los que si miras hacia ellos pasa un gato y te guiña un ojo, mientras aprende idiomas, o a bailar flamenco, te invita a subir y a pasear cogida de su mano con pulseras.
A veces en las ciudades encuentras sitios así, pero es raro e irreal, como mirar a los espejos sin ser visto desde la cafetería de la esquina.
Las ciudades me despistan, si tú no estás más. Cuando me separo de ti en el metro me siento perdida como niña que soy, y no se adónde dirigir mis pasos. De lejos veo tu silueta alejarse y quiero llorar. Pienso que los edificios son aburridos y altos, aunque ya sepa su secreto.
Virginia Fernández “Ya se cuál es el secreto de las ciudades.”
A mi me gustan los tejados de color rojo, en los que se pueda pasear sin ser visto de la mano de la luna, darle un beso de contrabando con reflejo y sabor a mar. A mi me gustan esos tejados en los que si miras hacia ellos pasa un gato y te guiña un ojo, mientras aprende idiomas, o a bailar flamenco, te invita a subir y a pasear cogida de su mano con pulseras.
A veces en las ciudades encuentras sitios así, pero es raro e irreal, como mirar a los espejos sin ser visto desde la cafetería de la esquina.
Las ciudades me despistan, si tú no estás más. Cuando me separo de ti en el metro me siento perdida como niña que soy, y no se adónde dirigir mis pasos. De lejos veo tu silueta alejarse y quiero llorar. Pienso que los edificios son aburridos y altos, aunque ya sepa su secreto.
Virginia Fernández “Ya se cuál es el secreto de las ciudades.”
martes, diciembre 05, 2006
jueves, noviembre 30, 2006
Tenía prisa y manta de cuadros
Tenía prisa y una manta de cuadros, rolls royce para una princesa y cielo azul, ventana junto al mar, cuadros y bocetos hechos a lápiz, cámara de fotos y sugus de colores, aunque más de los azules, para cuando viajaba a Montevideo regalárselos a los niños pobres de Galeano que buscaban subsistencia buscando chatarra vieja en la basura, perdiendo así su infancia y su vida. Los tenía para eso y para cuando viajaba a cualquier parte del mundo, porque en todos sitios hay niños que han nacido en el lado equivocado. Esos sugus eran para ellos y para él, porque a veces él también se quedaba sin toblerones de los buenos. Dejando a un lado las teorías de Michael Landon sobre la riqueza y la pobreza de los países, creo que siempre intentamos justificar la pobreza desde este lado nuestro del primer mundo, y digo yo ¿Quién le puso ese nombre a este mundo que anda más equivocado que ninguno? Y ¿Por qué? Intentamos buscar razones para sentirnos mejor, él no, eso lo hacía diferente, aunque él no lo sabía.
Nunca contestaba a las preguntas, sin embargo él si las hacía a cada momento. Siempre corría de un lado a otro sin parar a tu lado, claro. Era visitador de países pobres, intentaba salvarlos pero en vano y tenía una rana verde de ojos saltones que lo acompañaba por el mundo y le daba consejos por las noches de cómo seguir. Yo lo observaba despacio, lo estudiaba a ratos y de cerca, me gustaba hacerlo pero sin que él lo notara. Tenía todo eso que os cuento y mucho más, tenía los secretos guardados en estuches de lata que pintaba por las noches del color del cielo y que guardaba en su estudio secreto, para luego regalármelas con prisa y manta de cuadros.
Virginia Fernández “Tenía prisa y manta de cuadros”
Nunca contestaba a las preguntas, sin embargo él si las hacía a cada momento. Siempre corría de un lado a otro sin parar a tu lado, claro. Era visitador de países pobres, intentaba salvarlos pero en vano y tenía una rana verde de ojos saltones que lo acompañaba por el mundo y le daba consejos por las noches de cómo seguir. Yo lo observaba despacio, lo estudiaba a ratos y de cerca, me gustaba hacerlo pero sin que él lo notara. Tenía todo eso que os cuento y mucho más, tenía los secretos guardados en estuches de lata que pintaba por las noches del color del cielo y que guardaba en su estudio secreto, para luego regalármelas con prisa y manta de cuadros.
Virginia Fernández “Tenía prisa y manta de cuadros”
martes, noviembre 28, 2006
sábado, noviembre 25, 2006
El tambor
El baúl está vacío, pero lo voy a convertir en una caja de música. Es tarde, afuera llueve, es jueves, es de noche, y hay luces brillantes cuando apago la luz en la calle. Estoy sólo, pero no me importa porque hago música. Me gusta la música. Invento notas en pentagramas en clave de fa, que es la mano izquierda del piano. Dicen que la mano izquierda es la más difícil, a mi no me lo parece.
Yo no tengo piano, lo regalé, bueno mejor dicho lo devolví porque el piano no era mío, era de mi hermano. Pero sí tengo tambor, tambor inventado por mí, tengo tambor y manos, por lo tanto, tengo tambor, manos y música en clave de fa. Música triste, porque es la que más me gusta, acordes en fa bemol menor de tambor imitando piano, suena bien.
A veces cuando estoy solo hago música. El tambor está roto pero aún así suena. Me divierte mucho porque invento sonidos extravagantes que luego te regalo. Me pregunto cómo pueden salir esos sonidos de ese espacio cerrado, los saco así sin más, es muy sencillo y no entiendo por qué nadie toca tambor e imita a la vez piano o violín. Pero violín es más difícil, nunca suena bien, aunque estés en quinto de conservatorio, violín suena fatal, a no ser que seas un crack en violín, entonces sí, entonces te puedes dedicar a ello.
Seguramente nadie toca tambor porque no saben su secreto, por eso nadie saca música bonita para regalar, yo sí, yo sé su secreto. El espacio cerrado es su secreto, pero yo no lo revelo a nadie porque me gusta ser yo tocando tambor y regalándote música a ti, yo solo y tú. Por las noches te acompaña mi música y estás contenta, por eso te regalo mi tambor y mis manos.
Virginia Fernández “El tambor”
Yo no tengo piano, lo regalé, bueno mejor dicho lo devolví porque el piano no era mío, era de mi hermano. Pero sí tengo tambor, tambor inventado por mí, tengo tambor y manos, por lo tanto, tengo tambor, manos y música en clave de fa. Música triste, porque es la que más me gusta, acordes en fa bemol menor de tambor imitando piano, suena bien.
A veces cuando estoy solo hago música. El tambor está roto pero aún así suena. Me divierte mucho porque invento sonidos extravagantes que luego te regalo. Me pregunto cómo pueden salir esos sonidos de ese espacio cerrado, los saco así sin más, es muy sencillo y no entiendo por qué nadie toca tambor e imita a la vez piano o violín. Pero violín es más difícil, nunca suena bien, aunque estés en quinto de conservatorio, violín suena fatal, a no ser que seas un crack en violín, entonces sí, entonces te puedes dedicar a ello.
Seguramente nadie toca tambor porque no saben su secreto, por eso nadie saca música bonita para regalar, yo sí, yo sé su secreto. El espacio cerrado es su secreto, pero yo no lo revelo a nadie porque me gusta ser yo tocando tambor y regalándote música a ti, yo solo y tú. Por las noches te acompaña mi música y estás contenta, por eso te regalo mi tambor y mis manos.
Virginia Fernández “El tambor”
miércoles, noviembre 22, 2006
viernes, noviembre 17, 2006
Contando un día cualquiera con gato y violines
Tres pies encontrados al gato dices, y con eso quieres que te cuente una historia sobre la música de violines que suena en mi cabeza cada vez que escucho las letras que forman la palabra jueves y la historia de un gato. Pero es que a mi me gusta la palabra jueves sin más, y no tiene explicación, también me gustan los gatos.
Te quedas tan a gusto con los tres pies, yo aquí volviéndome loca sin entender por qué tres y no cuatro, me pregunto dónde está el cuarto, mira que ponerle solo tres pies al gato, pero es que el gato es manco o cojo según se mire me dirás, porque le falta el pie izquierdo delantero que perdió en alguna guerra existencial. El gato es vagabundo, el gato me gusta, lo adopto, me lo llevo conmigo y le pongo de nombre Jueves, porque sí, porque me gusta y punto.
Mientras, aquí estoy divagando y pensando en el norte con su gorro andino, y claro mi gato me acompaña, me dirige miradas de pronóstico reservado cada vez que intento explicarle y que entienda que el sonido del silencio no se vende, ni se compra, no está en el mercado, sino en tu cabeza.
A la misma vez ando por la calle llena de gente que no se abraza, quedan tristes sin abrazos, yo mando señales de humo a esa camiseta con estrella en el centro que me abandonó esta mañana para que vuelva con gorro, sonrisa y abrazo, a mi si me gustan los abrazos.
Las cafeteras llenas de secretos luego te las cuento, tomando un té de aquella tetera con vistas al mar que compartimos y que no se oxidó con la lluvia.
Ah! Y te aviso que quiero dormirme con música de Neil Young y violines.
Virginia Fernández “ Contando un día cualquiera con gato y violines”
Te quedas tan a gusto con los tres pies, yo aquí volviéndome loca sin entender por qué tres y no cuatro, me pregunto dónde está el cuarto, mira que ponerle solo tres pies al gato, pero es que el gato es manco o cojo según se mire me dirás, porque le falta el pie izquierdo delantero que perdió en alguna guerra existencial. El gato es vagabundo, el gato me gusta, lo adopto, me lo llevo conmigo y le pongo de nombre Jueves, porque sí, porque me gusta y punto.
Mientras, aquí estoy divagando y pensando en el norte con su gorro andino, y claro mi gato me acompaña, me dirige miradas de pronóstico reservado cada vez que intento explicarle y que entienda que el sonido del silencio no se vende, ni se compra, no está en el mercado, sino en tu cabeza.
A la misma vez ando por la calle llena de gente que no se abraza, quedan tristes sin abrazos, yo mando señales de humo a esa camiseta con estrella en el centro que me abandonó esta mañana para que vuelva con gorro, sonrisa y abrazo, a mi si me gustan los abrazos.
Las cafeteras llenas de secretos luego te las cuento, tomando un té de aquella tetera con vistas al mar que compartimos y que no se oxidó con la lluvia.
Ah! Y te aviso que quiero dormirme con música de Neil Young y violines.
Virginia Fernández “ Contando un día cualquiera con gato y violines”
martes, noviembre 14, 2006
Por ejemplo, un ejemplo
Por ejemplo, un ejemplo que se me ocurre en este momento del día, justo en el momento once menos dos minutos de la noche, que es en el que el día va llegando a su fin y con él su sonrisa, su dichosa sonrisa pesada y agoniosa con ese afán de protagonismo por querer estar en todas partes a la vez, ni que fuera Dios, digo yo. Y es que hay mañanas en las que una sonrisa me persigue por todos lados, mi vida es una sonrisa enroscada en cualquier parte al que se dirija mi mirada. Lo sé, debería de estar contenta, pero es que la encuentro a cada instante, por todas partes. Miro a las zapatillas al levantarme y me están sonriendo, cuando me dirijo hacia el baño mi mirada fija sobre las baldosas del pasillo me guiñan un ojo y sonríen. Que sonrisa más fastidiosa, después de haberme levantado a las seis de la mañana para ir a trabajar en un trabajo en que el que estoy diez horas y dos minutos haciendo el mismo aburrido trabajo de todos los días. Esa sonrisa a la que odio otra vez a las siete menos cuarto mientras tomo cereales, luego en el baño me sonríe el inodoro, inconcebible!, mientras me veo en el espejo con cara de aburrimiento, bajo las escaleras de casa y me sonríen, salgo a la calle y el bar de la esquina incluso cerrado me manda una sonrisilla que no entiendo, sigo caminando y hasta el semáforo en rojo sigue la misma pauta y tengo ganas de suicidarme arrojando mi sombra al próximo autobús número uno que se dirija hacia al centro de la ciudad y pase por la universidad.
En fin que hay días en los que todo esto me sucede e irremediablemente termino escribiendo un relato llamado “por ejemplo, un ejemplo” mientras una sonrisa se dibuja en mi cara.
Virginia Fernández “Por ejemplo, un ejemplo”
En fin que hay días en los que todo esto me sucede e irremediablemente termino escribiendo un relato llamado “por ejemplo, un ejemplo” mientras una sonrisa se dibuja en mi cara.
Virginia Fernández “Por ejemplo, un ejemplo”
martes, noviembre 07, 2006
miércoles, noviembre 01, 2006
Buscar y no encontrar
Buscar y no encontrar, estar solo, ver oscuridad a tu alrededor y muerte, más muerte, no vida, no sol, no paz. Me siento perdido en el tiempo y en el espacio, perdido de ti, busco, mi mirada busca, mi yo busca, mi otro yo sigue buscando, y el de más allá también, el que saqué para hablar ante más de mil personas y el tímido, el relajado y el nervioso, pero sigo sin encontrar, ninguno de todos los yo que forman mi persona encuentra nada. Todo está oscuro y vacío. Las preguntas me asaltan todo el rato, intento buscar respuestas pero no las encuentro, dicen que si no buscas, respuestas hallarás, pero es tan difícil cuando éstas te laten adentro, y de que manera, gritan y no se quieren callar, exigen, buscan, rastrean, olfatean como lobos hambrientos, hieren, te rodean, te asfixian, hasta que te matan, y vuelta a empezar, así sin más.
La tarde va cayendo poco a poco, se arrastra como reptil de pasos lentos pero seguros, al igual que la luz tenue que me rodea y la cual va dejando de existir a cada rato. No me apetece levantarme, tampoco encender la luz. Estoy tan cansado, no quiero pensar, solo quiero dejar pasar el tiempo y no intentar buscar mas respuestas a las preguntas que me asaltan. Mis huesos están entumecidos y se adormecen poco a poco, se está tan a gusto así, mis ojos se entrecierran poco a poco y no quiero dormir, pero es tan pesado ese sueño en el que caigo irremediablemente y del que no puedo despertar. Me vuelve a asaltar ese miedo a no despertar, de hecho no me despierto, intento moverme y no puedo, mi mente está despierta, pero no mis pies, ni mis manos, mis miembros no responden a las órdenes de mi cerebro, estoy muerto, estoy solo, quiero gritar, no puedo.
Virginia Fernández “Buscar y no encontrar”.
La tarde va cayendo poco a poco, se arrastra como reptil de pasos lentos pero seguros, al igual que la luz tenue que me rodea y la cual va dejando de existir a cada rato. No me apetece levantarme, tampoco encender la luz. Estoy tan cansado, no quiero pensar, solo quiero dejar pasar el tiempo y no intentar buscar mas respuestas a las preguntas que me asaltan. Mis huesos están entumecidos y se adormecen poco a poco, se está tan a gusto así, mis ojos se entrecierran poco a poco y no quiero dormir, pero es tan pesado ese sueño en el que caigo irremediablemente y del que no puedo despertar. Me vuelve a asaltar ese miedo a no despertar, de hecho no me despierto, intento moverme y no puedo, mi mente está despierta, pero no mis pies, ni mis manos, mis miembros no responden a las órdenes de mi cerebro, estoy muerto, estoy solo, quiero gritar, no puedo.
Virginia Fernández “Buscar y no encontrar”.
martes, octubre 31, 2006
Eres malo para hacer la guerra
Eres malo para hacer la guerra, dijo mi mujer mientras una lágrima caía sobre su hombro, bajaba por su brazo, se deslizaba por su cuerpo y caía al suelo. Entonces me miró y un frío escalofrío recorrió todo mi cuerpo, tenía esa capacidad tan suya de hacer de una mirada una orden, una vez más lo había conseguido. Desistí de seguir peleando y una lágrima se deslizó por mi cuerpo para abrazarse a la que había caído antes.
Virginia Fernández “Eres malo para hacer la guerra”
Virginia Fernández “Eres malo para hacer la guerra”
miércoles, octubre 25, 2006
Pintura

Pintor autodidacta, aficionado a la fotografía y a la escultura. Ha sido seleccionado en varios concursos de pintura como son Roquetas de Mar (Almería) y Lucainena de las Torres (Almería), entre otros. Fue premiado en Junio 06 por la Diputación de Almería con un primer premio en una maratón de pintura al aire libre. Durante este mes se puede ver parte de su obra en el Museo Antonio Manuel Campoy, en la Sala de Exposiciones La Tercia I del Castillo del Marqués de los Vélez, del 31 de Octubre al 15 de Noviembre. Actualmente se encuentra preparando una exposición, que será presentada en Agosto 07.
Pintura :Manuel Gallardo.
martes, octubre 24, 2006
Lluvia
La lluvia lo lava todo menos la tristeza, te pones triste con la lluvia, la lluvia es llanto, el llanto trae más llanto, más lluvia, y miedo. A veces te gusta que llueva, porque a veces te gusta estar triste, y sentirte desolado como ahora. Esa pequeña tristeza que te embarga va cubriéndolo todo poco a poco. Sin embargo, sabes que te gusta porque sabes que va a parar, si no la odiarías. Cuando pasa mucho tiempo y no llueve también la echas de menos, como a mi, como a los edredones en verano, y lloras para llamarla. De repente quieres ver el cielo gris, te gusta ver caer el agua, ver como va cubriéndolo todo. Te gusta mojarte con la lluvia, que el agua entre en ti, moje tu ropa, tu pelo, tu cara y llorar, porque tus lágrimas se mezclan con el agua de lluvia. Lo sé porque mis lágrimas y la lluvia se comprenden igual, se abrazan en la caída también, por eso te comprendo tan bien cuando estás así, y tú a mí. Al llorar te sientes mejor y te tranquilizas, la lluvia o el llorar es como las pastillas rojas, azules o verdes que nos tomamos por la noche para dormir. Las pastillas no me gustan, porque veo todo gris. Cuando lloro me relajo y me entra sueño a la vez, duermo sin preocuparme de nada más, duermo mucho escuchando como cae la lluvia, hoy llueve. Echo de menos al sol, y a ti, cuando sale el sol me abrazo a él, en su pecho descanso y me siento protegida, en mi abrazo él sonríe, y me guiña un ojo de lejos, poco a poco despierto de este sueño lleno de pesadillas y días amargos. El sol penetra en mi piel por fin.
Virginia Fernández “Lluvia”
Virginia Fernández “Lluvia”
Arena
La lluvia lo lava todo menos la tristeza, dijo calladamente un berebere solitario, mientras se secaba, con su holgada manga, una furtiva lágrima, montando su caballo negro a dos patas, sobre una duna, viendo partir la caravana, ya distante, que desaparecía bajo los últimos rayos del sol.
Gideon Richardson “Arena”
Gideon Richardson “Arena”
viernes, octubre 20, 2006
Huele a caracoles
Que bueno que nos hayamos sentado a hablar, hacía tanto que no lo hacíamos, además llueve y hace frío. Sí, ya se que hablamos todos los días, que todos los días cruzamos un hola por el pasillo en la mañana mientras entramos en el gueto al que nuestras vidas desoladas nos han conducido. Ese hablar al que tú te refieres no existe, porque es como ir al baño por la mañana con los ojos cerrados, ducharte, calzarte los zapatos, vestirte o salir a la calle a pelear. Esa no es la forma. ¿Cómo va a ser lo mismo peinarse mirándose al espejo, que hablar? A mi me gusta cuando me miras a los ojos, me cuentas todos los problemas que tiene el mundo, y los solucionas, esa forma en la que cuando te diriges a mi no eres un extra-terrestre que vive en el mismo lugar que yo, un ser extraño y agazapado por el miedo, con el que solo comparto el espacio donde vivo. Me gusta cuando te sientas, me hablas y me dices que todo tiene arreglo. Ahora después de haber compartido contigo este rato me siento mejor, hemos salvado a todo lo que hay ahí afuera, a este mundo sin corazón, ni coraza. La sensación de desolación se me va pasando lentamente. A medida que vamos avanzando en nuestra conversación me doy cuenta de que efectivamente todo tiene arreglo, y que los niños nunca más van a tener que dejar de ser niños porque tengan que ir a trabajar, podrán salir a jugar a la calle y no preocuparse por nada. Me reconforta saber eso y pensar que nunca van a mirar con odio, ni van a buscar comida en la basura. Por cierto huele a caracoles, ha llovido, siempre que hablo contigo y llueve, huele a caracoles.
Virginia Fernández “Huele a caracoles”
Virginia Fernández “Huele a caracoles”
lunes, octubre 16, 2006
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