Eres malo para hacer la guerra, dijo mi mujer mientras una lágrima caía sobre su hombro, bajaba por su brazo, se deslizaba por su cuerpo y caía al suelo. Entonces me miró y un frío escalofrío recorrió todo mi cuerpo, tenía esa capacidad tan suya de hacer de una mirada una orden, una vez más lo había conseguido. Desistí de seguir peleando y una lágrima se deslizó por mi cuerpo para abrazarse a la que había caído antes.
Virginia Fernández “Eres malo para hacer la guerra”
martes, octubre 31, 2006
miércoles, octubre 25, 2006
Pintura

Pintor autodidacta, aficionado a la fotografía y a la escultura. Ha sido seleccionado en varios concursos de pintura como son Roquetas de Mar (Almería) y Lucainena de las Torres (Almería), entre otros. Fue premiado en Junio 06 por la Diputación de Almería con un primer premio en una maratón de pintura al aire libre. Durante este mes se puede ver parte de su obra en el Museo Antonio Manuel Campoy, en la Sala de Exposiciones La Tercia I del Castillo del Marqués de los Vélez, del 31 de Octubre al 15 de Noviembre. Actualmente se encuentra preparando una exposición, que será presentada en Agosto 07.
Pintura :Manuel Gallardo.
martes, octubre 24, 2006
Lluvia
La lluvia lo lava todo menos la tristeza, te pones triste con la lluvia, la lluvia es llanto, el llanto trae más llanto, más lluvia, y miedo. A veces te gusta que llueva, porque a veces te gusta estar triste, y sentirte desolado como ahora. Esa pequeña tristeza que te embarga va cubriéndolo todo poco a poco. Sin embargo, sabes que te gusta porque sabes que va a parar, si no la odiarías. Cuando pasa mucho tiempo y no llueve también la echas de menos, como a mi, como a los edredones en verano, y lloras para llamarla. De repente quieres ver el cielo gris, te gusta ver caer el agua, ver como va cubriéndolo todo. Te gusta mojarte con la lluvia, que el agua entre en ti, moje tu ropa, tu pelo, tu cara y llorar, porque tus lágrimas se mezclan con el agua de lluvia. Lo sé porque mis lágrimas y la lluvia se comprenden igual, se abrazan en la caída también, por eso te comprendo tan bien cuando estás así, y tú a mí. Al llorar te sientes mejor y te tranquilizas, la lluvia o el llorar es como las pastillas rojas, azules o verdes que nos tomamos por la noche para dormir. Las pastillas no me gustan, porque veo todo gris. Cuando lloro me relajo y me entra sueño a la vez, duermo sin preocuparme de nada más, duermo mucho escuchando como cae la lluvia, hoy llueve. Echo de menos al sol, y a ti, cuando sale el sol me abrazo a él, en su pecho descanso y me siento protegida, en mi abrazo él sonríe, y me guiña un ojo de lejos, poco a poco despierto de este sueño lleno de pesadillas y días amargos. El sol penetra en mi piel por fin.
Virginia Fernández “Lluvia”
Virginia Fernández “Lluvia”
Arena
La lluvia lo lava todo menos la tristeza, dijo calladamente un berebere solitario, mientras se secaba, con su holgada manga, una furtiva lágrima, montando su caballo negro a dos patas, sobre una duna, viendo partir la caravana, ya distante, que desaparecía bajo los últimos rayos del sol.
Gideon Richardson “Arena”
Gideon Richardson “Arena”
viernes, octubre 20, 2006
Huele a caracoles
Que bueno que nos hayamos sentado a hablar, hacía tanto que no lo hacíamos, además llueve y hace frío. Sí, ya se que hablamos todos los días, que todos los días cruzamos un hola por el pasillo en la mañana mientras entramos en el gueto al que nuestras vidas desoladas nos han conducido. Ese hablar al que tú te refieres no existe, porque es como ir al baño por la mañana con los ojos cerrados, ducharte, calzarte los zapatos, vestirte o salir a la calle a pelear. Esa no es la forma. ¿Cómo va a ser lo mismo peinarse mirándose al espejo, que hablar? A mi me gusta cuando me miras a los ojos, me cuentas todos los problemas que tiene el mundo, y los solucionas, esa forma en la que cuando te diriges a mi no eres un extra-terrestre que vive en el mismo lugar que yo, un ser extraño y agazapado por el miedo, con el que solo comparto el espacio donde vivo. Me gusta cuando te sientas, me hablas y me dices que todo tiene arreglo. Ahora después de haber compartido contigo este rato me siento mejor, hemos salvado a todo lo que hay ahí afuera, a este mundo sin corazón, ni coraza. La sensación de desolación se me va pasando lentamente. A medida que vamos avanzando en nuestra conversación me doy cuenta de que efectivamente todo tiene arreglo, y que los niños nunca más van a tener que dejar de ser niños porque tengan que ir a trabajar, podrán salir a jugar a la calle y no preocuparse por nada. Me reconforta saber eso y pensar que nunca van a mirar con odio, ni van a buscar comida en la basura. Por cierto huele a caracoles, ha llovido, siempre que hablo contigo y llueve, huele a caracoles.
Virginia Fernández “Huele a caracoles”
Virginia Fernández “Huele a caracoles”
lunes, octubre 16, 2006
sábado, octubre 14, 2006
Gustos
Me gustan las teteras con vistas al mar, me gustan con sabores que el tiempo dejó allí, con ese rastro que dejan los años en tus cosas, rastro de arrugas en la cara al sonreírme, que hacen que me vea a mí misma como una niña pequeña e indefensa ante tu mirada, e intente resolver problemas de aritmética para hacerte feliz. Me gustan las tertulias que hablan un poco de ti, pero sin que se note, el color del atardecer cuando la luz cae. Me gustan muchas más cosas, como por ejemplo el color azul, una tortuga cuando es libre y se hace un hueco para dormir en el sitio más inhóspito, una tarde sin prisa, por supuesto la risa cuando eres tú el que la provoca inventando un razonamiento serio e infantil.
Me encanta Mojácar por la noche, ver las pequeñas luces que forman las casas colgadas en la montaña, me crea a la vez paz y ganas de llorar. Me gusta tu casa de día, porque en la noche me asustan las sombras que se forman en las habitaciones, sombras de fantasmas que velan por ti cuando estás solo. Me gustan esos ojos azules.
También me apasiona escalar acantilados de luz y piedra contigo, sin poder mirar hacia abajo porque da vértigo y risa, a la vez que tu caminas como si nada.
Me gustan tantas cosas, por ejemplo el color que se dibuja en la playa de Cabo de Gata por la noche desde la terraza de un bar con gato siamés al que le pongo de nombre Poty-poty y al que alimento a base de mollas de pan, el gato es pequeño me sonríe y maúlla a modo de despedida porque el camarero lo echa, esas pequeñas cosas me gustan más que muchas otras y me hacen feliz en ese momento.
Ahora no se me ocurre nada más que contar.
Virginia Fernández “Gustos”
Me encanta Mojácar por la noche, ver las pequeñas luces que forman las casas colgadas en la montaña, me crea a la vez paz y ganas de llorar. Me gusta tu casa de día, porque en la noche me asustan las sombras que se forman en las habitaciones, sombras de fantasmas que velan por ti cuando estás solo. Me gustan esos ojos azules.
También me apasiona escalar acantilados de luz y piedra contigo, sin poder mirar hacia abajo porque da vértigo y risa, a la vez que tu caminas como si nada.
Me gustan tantas cosas, por ejemplo el color que se dibuja en la playa de Cabo de Gata por la noche desde la terraza de un bar con gato siamés al que le pongo de nombre Poty-poty y al que alimento a base de mollas de pan, el gato es pequeño me sonríe y maúlla a modo de despedida porque el camarero lo echa, esas pequeñas cosas me gustan más que muchas otras y me hacen feliz en ese momento.
Ahora no se me ocurre nada más que contar.
Virginia Fernández “Gustos”
lunes, octubre 09, 2006
viernes, octubre 06, 2006
Me estoy leyendo a ti
Me estoy leyendo a ti y a tus cosas. Me leo a tus letras con razones y sin razones, me las trago sin respirar y de una vez. Me encanta el sabor pero me mareo a veces, es lindo lo que leo y cómo lo escribes también. Me encuentro a mi misma en muchos sitios, pero entre líneas y sin que se note. Te leo también en tus dibujos, en tus cuadros, en las fotos y en los mensajes secretos escritos con pilot negro detrás de los lienzos, que siempre ves y no me dices hasta que pasa mucho tiempo.
Tengo conversaciones trascendentales con las macetas, de esas que salvan al mundo en un pincelazo con sabor a reivindicación y demás, ya sabes a lo que me refiero, a ti también te gustan mucho y por eso me acuerdo de ti en esos momentos de reflexión.
Miles de papeles inundan tu estudio y yo aprovecho para estudiarte y leerte. En fin que me estoy estudiando a ti y a la vez me estudio a mi, porque al estudiarte me estudio, y me encanto contigo y desencanto en la misma proporción y dos veces al cuadrado. Me abstraigo con tus desvaríos varios rozando la esquizofrenia. Por no entenderte me pierdo y deambulo entre letras, vago y vago por millones de renglones manchados en tinta azul para luego encontrarme con tu cara traviesa que se esconde tras ese punto y coma del reglón veinticuatro del folio mil novecientos ochenta y uno, de repente me doy cuenta de que me está mirando, y esa risilla de niño pequeño que me mata. Otras veces, pero las que menos, si creo entenderte, pero solo lo creo y mi mirada perdida y pálida descansa por fin en el punto y seguido penúltimo de tu escrito.
Te veo de lejos.
Te echo de menos y tengo ganas de que me prestes a ti.
Virginia Fernández “Me estoy leyendo a ti”
Tengo conversaciones trascendentales con las macetas, de esas que salvan al mundo en un pincelazo con sabor a reivindicación y demás, ya sabes a lo que me refiero, a ti también te gustan mucho y por eso me acuerdo de ti en esos momentos de reflexión.
Miles de papeles inundan tu estudio y yo aprovecho para estudiarte y leerte. En fin que me estoy estudiando a ti y a la vez me estudio a mi, porque al estudiarte me estudio, y me encanto contigo y desencanto en la misma proporción y dos veces al cuadrado. Me abstraigo con tus desvaríos varios rozando la esquizofrenia. Por no entenderte me pierdo y deambulo entre letras, vago y vago por millones de renglones manchados en tinta azul para luego encontrarme con tu cara traviesa que se esconde tras ese punto y coma del reglón veinticuatro del folio mil novecientos ochenta y uno, de repente me doy cuenta de que me está mirando, y esa risilla de niño pequeño que me mata. Otras veces, pero las que menos, si creo entenderte, pero solo lo creo y mi mirada perdida y pálida descansa por fin en el punto y seguido penúltimo de tu escrito.
Te veo de lejos.
Te echo de menos y tengo ganas de que me prestes a ti.
Virginia Fernández “Me estoy leyendo a ti”
Libros de carne
Me estoy leyendo a ti, creo que si, definitivamente esa es mi ultima respuesta, sobre todo teniendo en cuenta que me preguntas a estas horas y con estas luces y con estos personajes delante. No, no es tu sangre la que me une esta noche a ti, si ya lo sabes, así que no me preguntes, avieso y listillo. Sabes que son las tierras de escocia las que corren por mis venas hoy, el dulzor violento del agua de sus prados con hielos fríos, los que, sin alzar la voz, te han llamado a que te presentes otra vez como compañero de viaje, y no la sangre roja de las tierras ibéricas. Si, ya no leo tanto. Ya no me recuerdan con un libro como escudo, ni la gente se aleja temerosa de que use palabras raras para decir cosas simples y ligeras. Que no lo flipes tanto, anda, piensa por ti, me decían, no robes conclusiones ajenas, no mires por ventanas que no son tuyas. Lo comprendí bien rápido, mientras volaban las hojas rotas bajo el cielo estrellado. No leas tanto, decían, que así no pasas página de la novela mas importante, que eres tu mismo y tu vida. Me costó, claro que no fue fácil, pues toda imagen pide a gritos que la describan en su versión erótica y escrita. Lo primero que hice fue salir con las manos libres, y así, en vez de leer, miraba. Y vi que las conclusiones venían solas y naturales, sin hipérboles ni metáforas, sin adjetivos ni predicados, pero que sorpresa cuando, al pensar vi que de esas herramientas no me podía apartar, ya preso para siempre del análisis perpetuo. Ahora que no escribo, ni leo, pero si bebo, me doy cuenta que sigo haciéndolo, pero con el libro que tengo delante, la novela de mi mismo y mi vida, lo que ahora se simplifica en un montón de bebedores nocturnos apoyados sobre una barra y una ilusión de tapas blandas y efímeras que veo desde mi mesa. Lo que veo, en el fondo, eres tu, creo, me estoy leyendo a ti, pues creo en ti Dios y se que estas escrito en todo, en esta noche etílica y de cerrados libros de carne. Dios, que solo estoy.
Gideon Richardson “Libros de carne”
Gideon Richardson “Libros de carne”
miércoles, octubre 04, 2006
sábado, septiembre 30, 2006
Volando
Poco sé de la verdad categórica. Me van a perdonar pero no admito la lógica antilógica de la logística exacta. La verdad es que me pongo nerviosa cada vez que algún tipo me viene con la ciencia lógica de la exactitud de las narices. Me llamarás extravagante pero no admito en mi modesta opinión ni un minuto y tres segundos de tu magnificencia absoluta y del todo que te empeñas en pasear por la ciudad vieja en las noches frías montevideanas. Noches en las que se me saltan las lágrimas de puro frío que recala los huesos y es imposible recuperar. Bueno sí, puede que se pase el frío con algo de alcohol etílico mezclado con jugo de naranja preparado por Doña Chola, pero no siempre.
Me pregunto una y otra vez por qué se empeñan en hacernos creer que existe realmente esa verdad categórica, esa que algunos llaman la verdad verdadera, verdad como axioma, precisión matemática, dogma, exactitud, máxima, verdades amargas, irreflexivas e inviolables, verdades de a folio, científicas, que duelen, verdades como puños cerrados. Yo te digo no a eso, a lo otro y a todo lo demás, lo grito y me encaro contigo, así, sin más.
No, porque existen millones de matices, colores, no sólo uno, no sólo el blanco y el negro, sino miles. Existen las nubes donde perderse pensando, andar todo el día volando en ellas, a mí me encanta esa sensación, adoro lo irreal, lo que se desdibuja de nuestros ojos al cerrarlos, porque la vida es cambiante, la relatividad existe, y es lo que nos mueve. No puedo concebir la vida sin hacer volar mi imaginación, por eso me encanta el Espantapájaros I de Oliverio Girondo, porque yo tampoco concibo la vida sin volar, y mucho menos hacer el amor sin estar volando.
Virginia Fernández “Volando”
Me pregunto una y otra vez por qué se empeñan en hacernos creer que existe realmente esa verdad categórica, esa que algunos llaman la verdad verdadera, verdad como axioma, precisión matemática, dogma, exactitud, máxima, verdades amargas, irreflexivas e inviolables, verdades de a folio, científicas, que duelen, verdades como puños cerrados. Yo te digo no a eso, a lo otro y a todo lo demás, lo grito y me encaro contigo, así, sin más.
No, porque existen millones de matices, colores, no sólo uno, no sólo el blanco y el negro, sino miles. Existen las nubes donde perderse pensando, andar todo el día volando en ellas, a mí me encanta esa sensación, adoro lo irreal, lo que se desdibuja de nuestros ojos al cerrarlos, porque la vida es cambiante, la relatividad existe, y es lo que nos mueve. No puedo concebir la vida sin hacer volar mi imaginación, por eso me encanta el Espantapájaros I de Oliverio Girondo, porque yo tampoco concibo la vida sin volar, y mucho menos hacer el amor sin estar volando.
Virginia Fernández “Volando”
jueves, septiembre 28, 2006
lunes, septiembre 25, 2006
El viento
Justo me asomé y te ví, andabas despistada por la calle, tu mirada me atravesaba sin verme, caminabas sin rumbo aparente, eras tan linda y tan ajena a la belleza que trasmitías, tu rostro pálido tenía una tristeza que sobrecogía, no pude evitar seguirte en tu paseo, doblaste desde la rambla hasta coger la avenida Mediterráneo, al llegar a la plaza de la Habana, torciste entrando en tu calle, donde vivías , era un edificio antiguo, muy alto, con tonos amarillentos que se notaban en decadencia, fue construido a principios de siglo por tus bisabuelos, todavía recuerdo cuando aquel lugar eran solares en los que apenas había nada, sólo algunos gatos que jugaban al parchís conmigo.
No era la primera vez que te seguía, me gustaba acompañarte en tus paseos, aunque no te dieras cuenta de mi presencia. Mis pasos eran más rápidos que los tuyos, pero yo paraba para ir a tu paso y así poder tocarte la cara.
Imaginaba historias imposibles, que me rompían el corazón, te estrechaba en mi abrazo sin que apenas lo percibieras, corrías de mí cerrando los ojos.
Intentaba seguirte pero en tu casa no podía entrar a no ser que me abrieras el balcón o la ventana, pocas veces lo hacías, me quedaba sin aliento mirándote a través de la ventana, observaba como te preparabas un baño o te sentabas a leer en el sofá.
Tu palidez me asustaba a veces, pensaba que te ibas a desmayar y ya nunca ibas a despertar, era tal mi obsesión que nunca abandonaba tu ciudad, apenas dormía velando por ti.
España no estaba en sus tiempos mejores y cada vez que salías a la calle me entraba un desasosiego que hacía que soplara con más inquietud, soldados por las calles no dejaban expresarse a nadie con dignidad, un velo que traslucía la realidad y mataba la libertad. Un día entraste en un edificio oscuro y ya nunca más saliste. Yo abandoné para siempre la ciudad.
Virginia Fernández “El viento”.
No era la primera vez que te seguía, me gustaba acompañarte en tus paseos, aunque no te dieras cuenta de mi presencia. Mis pasos eran más rápidos que los tuyos, pero yo paraba para ir a tu paso y así poder tocarte la cara.
Imaginaba historias imposibles, que me rompían el corazón, te estrechaba en mi abrazo sin que apenas lo percibieras, corrías de mí cerrando los ojos.
Intentaba seguirte pero en tu casa no podía entrar a no ser que me abrieras el balcón o la ventana, pocas veces lo hacías, me quedaba sin aliento mirándote a través de la ventana, observaba como te preparabas un baño o te sentabas a leer en el sofá.
Tu palidez me asustaba a veces, pensaba que te ibas a desmayar y ya nunca ibas a despertar, era tal mi obsesión que nunca abandonaba tu ciudad, apenas dormía velando por ti.
España no estaba en sus tiempos mejores y cada vez que salías a la calle me entraba un desasosiego que hacía que soplara con más inquietud, soldados por las calles no dejaban expresarse a nadie con dignidad, un velo que traslucía la realidad y mataba la libertad. Un día entraste en un edificio oscuro y ya nunca más saliste. Yo abandoné para siempre la ciudad.
Virginia Fernández “El viento”.
lunes, septiembre 18, 2006
miércoles, septiembre 13, 2006
Soñando
Yo te imagino así, sentado en una duna, con un turbante en la cabeza, sin dejar ver las canas, sin afeitar, mirando al infinito, pensando en las estrellas, en mí, recordando el poema 20 de Pablo Neruda, tarareándolo en tu cabeza, con barba de guiri , imaginando historias de guerreros y doncellas, vestido de pantalón y camisa marrones, intentando salvar el mundo a gritos que nadie oye, echando de menos el tiempo sin prisa que se vive en nuestro sur querido y anhelado cuando no se tiene, porque aunque tu estés más al sur de nuestro sur, éste siempre será el de la paz al mirar el mar y lo echas de menos, porque te conozco, aunque sigas sonriéndole a la vida y no me digas nada , me sonríes desde lejos, tocándome, pero sin mirarme a los ojos, nunca miras a los ojos.
A ratos te imagino sin embargo creyendo en ese cielo azul que te construiste a ti mismo para no herirte y que no te hirieran, y recordando las historias contadas a fuego lento de atardeceres de invierno y sobremesa, maldiciendo tu suerte y la de los tuyos, por haber nacido en tierra extraña, y no ser nada siéndolo todo, pero no te das cuenta, creo que nunca lo harás.
O de puro aburrimiento fotografiando las ramas de los árboles que no hay donde tú estás.
Cocinando en fuegos hechos con las manos, como antes lo hicieron otros, que se acostumbraron a esa vida y nunca se quejaron, luchándole a la vida sin pedir nada a cambio.
Como dijo el Florencio grande, a ratos me parece que el mundo es un conventillo grande y todos sus habitantes iguales en sus desilusiones y ansiedades, pequeñas vidas y sueños inalcanzables. En el fondo te admiro aunque no te lo diga. Y te imagino así desde este sur que te extraña a ratos.
Virginia Fernández “Soñando”
A ratos te imagino sin embargo creyendo en ese cielo azul que te construiste a ti mismo para no herirte y que no te hirieran, y recordando las historias contadas a fuego lento de atardeceres de invierno y sobremesa, maldiciendo tu suerte y la de los tuyos, por haber nacido en tierra extraña, y no ser nada siéndolo todo, pero no te das cuenta, creo que nunca lo harás.
O de puro aburrimiento fotografiando las ramas de los árboles que no hay donde tú estás.
Cocinando en fuegos hechos con las manos, como antes lo hicieron otros, que se acostumbraron a esa vida y nunca se quejaron, luchándole a la vida sin pedir nada a cambio.
Como dijo el Florencio grande, a ratos me parece que el mundo es un conventillo grande y todos sus habitantes iguales en sus desilusiones y ansiedades, pequeñas vidas y sueños inalcanzables. En el fondo te admiro aunque no te lo diga. Y te imagino así desde este sur que te extraña a ratos.
Virginia Fernández “Soñando”
Viviendo
Yo te imagino así, llegando lenta mientras te espero, sin sorpresa, alargando la mano de tu abrazo para compartir el camino. Te imagino simple y clara, rotunda y silenciosa y escucho tranquilo la melodía de tu mensaje.
Serán los pájaros y la tierra, los niños y los árboles, los restos que serán de otro al marcharme contigo, lo que quede atrás y sea testigo de que nunca estuve. Dejaré la puerta abierta para que entre un viento tímido por las escaleras barridas, la cocina apagada y el salón oscuro e inerte y las plantas de mi terraza habré liberado allí donde la tierra aun respira y habré terminado de escribir mi ultima carta.
Habré estado de negro y solo mucho tiempo y mi guía será el sol, quemando los minutos últimos de mi razón en la cegadora luz de tu beso. Te imagino así, mientras muero viviendo.
Gideon Richardson “Viviendo”
Serán los pájaros y la tierra, los niños y los árboles, los restos que serán de otro al marcharme contigo, lo que quede atrás y sea testigo de que nunca estuve. Dejaré la puerta abierta para que entre un viento tímido por las escaleras barridas, la cocina apagada y el salón oscuro e inerte y las plantas de mi terraza habré liberado allí donde la tierra aun respira y habré terminado de escribir mi ultima carta.
Habré estado de negro y solo mucho tiempo y mi guía será el sol, quemando los minutos últimos de mi razón en la cegadora luz de tu beso. Te imagino así, mientras muero viviendo.
Gideon Richardson “Viviendo”
domingo, septiembre 03, 2006
Pensamientos
Hay estancias en las que uno se siente a gusto consigo mismo y no quiere salir nunca, son agradables y se está bien, a mí por ejemplo me encanta estar en la cama siempre, pero uno no puede estar todo el día arriba de la cama por mucho que nos guste, llegaría un momento en el que nos agobiaríamos, porque en eso consiste, algo nos gusta mucho si no podemos tenerlo siempre, porque si lo tuviéramos quizás dejaría de gustarnos.
Hay momentos en los que hay que salir al mundo y afrontar la realidad. En invierno por ejemplo es la mejor época para invernar, ya lo dice la palabra.
Recuerdo una vez que estuve una semana entera sin salir de la casa, era una semana que tuve vacaciones, me quedaba una semana del año anterior que no había disfrutado, era invierno y se estaba bien, la chimenea estaba encendida y afuera lloviznaba, porque donde yo vivo llovizna, no llueve y cuando llueve es una fiesta, y cuando nieva más. Un día del invierno pasado nevó y no quería ir a trabajar, quería estar todo el rato asomada a la ventana y ver todo blanco, era lindo y me daba una sensación de paz.
Estuve sin salir toda la semana y cuando por fin salí al mundo, me di cuenta que el mundo existía y a veces era feo, porque la gente hacía cosas feas, a veces bonito, porque también hay miles de cosas por las que seguir, aunque por las mañanas te levantes, vayas andando hacia tu trabajo, y antes de llegar a él ya encuentres a gente que ha pasado la noche debajo de un puente, tapada con unos cartones, hay que salir de casa e intentar vivir porque si no, en un país donde los niveles de pobreza superan con creces a todo lo que lo rodea, una persona no viviría más de cincuenta años, moriría de pena o de hambre.
Virginia Fernández “Pensamientos”.
Hay momentos en los que hay que salir al mundo y afrontar la realidad. En invierno por ejemplo es la mejor época para invernar, ya lo dice la palabra.
Recuerdo una vez que estuve una semana entera sin salir de la casa, era una semana que tuve vacaciones, me quedaba una semana del año anterior que no había disfrutado, era invierno y se estaba bien, la chimenea estaba encendida y afuera lloviznaba, porque donde yo vivo llovizna, no llueve y cuando llueve es una fiesta, y cuando nieva más. Un día del invierno pasado nevó y no quería ir a trabajar, quería estar todo el rato asomada a la ventana y ver todo blanco, era lindo y me daba una sensación de paz.
Estuve sin salir toda la semana y cuando por fin salí al mundo, me di cuenta que el mundo existía y a veces era feo, porque la gente hacía cosas feas, a veces bonito, porque también hay miles de cosas por las que seguir, aunque por las mañanas te levantes, vayas andando hacia tu trabajo, y antes de llegar a él ya encuentres a gente que ha pasado la noche debajo de un puente, tapada con unos cartones, hay que salir de casa e intentar vivir porque si no, en un país donde los niveles de pobreza superan con creces a todo lo que lo rodea, una persona no viviría más de cincuenta años, moriría de pena o de hambre.
Virginia Fernández “Pensamientos”.
viernes, septiembre 01, 2006
jueves, agosto 10, 2006
Las panochas, Chu y mis amigos
Cuando era pequeño tenía manía al campo en verano, no me gustaba, iba con mis padres y mi hermano a recoger almendras o panochas, las panochas eran peor que las almendras porque estaban en bancales muy grandes y las tenía que coger todas, había muchas, una al lado de la otra y así todo el rato, cuando miraba al horizonte sólo veía panochas y me parecía imposible acabar, luego después de un rato grande terminaba, pero entonces había otro bancal igual de grande o más, cuando me acostaba por la noche sólo soñaba con panochas amarillas, azules y verdes, ah y rojas a veces.
Sin embargo, sí me gustaba ir al campo en invierno, cogía olivas, eso no me gustaba, pero sí ir al campo porque hacía frío, y porque me ponía una chaqueta de lana que tenía muchas bolas, era de mi abuelo, olía a caramelos de eucalipto todo el rato y me gustaba. A veces llovía y teníamos que salir corriendo, mi madre hacía migas y olía a tierra mojada, poníamos edredones en las camas y se estaba a gusto.
Anoche cené panocha, estaba rica, hacía mucho tiempo que no comía, ya no me acordaba del sabor, pero me gustó.
Ahora me gusta mucho escribir y contar historias de cuando era pequeño, como lo de las panochas o como cuando se vino una familia de intercambio a mi casa y mi gata Chu aprendió inglés, a tomar el té, a dormir en los edredones, y a acostarse muy temprano porque al día siguiente madrugaba para seguir con las clases intensivas, pues la familia solo se quedó una semana, en fin, que no aprendió inglés pero sí a decir: Nice to meet you!
Lo malo de todo esto es que cuando escribo algo, y les digo a mis amigos que lo lean, sólo saben decirme: ¿Pues no era edredón con hache?
VirginiaFernández “las panochas, Chu, y mis amigos”
Sin embargo, sí me gustaba ir al campo en invierno, cogía olivas, eso no me gustaba, pero sí ir al campo porque hacía frío, y porque me ponía una chaqueta de lana que tenía muchas bolas, era de mi abuelo, olía a caramelos de eucalipto todo el rato y me gustaba. A veces llovía y teníamos que salir corriendo, mi madre hacía migas y olía a tierra mojada, poníamos edredones en las camas y se estaba a gusto.
Anoche cené panocha, estaba rica, hacía mucho tiempo que no comía, ya no me acordaba del sabor, pero me gustó.
Ahora me gusta mucho escribir y contar historias de cuando era pequeño, como lo de las panochas o como cuando se vino una familia de intercambio a mi casa y mi gata Chu aprendió inglés, a tomar el té, a dormir en los edredones, y a acostarse muy temprano porque al día siguiente madrugaba para seguir con las clases intensivas, pues la familia solo se quedó una semana, en fin, que no aprendió inglés pero sí a decir: Nice to meet you!
Lo malo de todo esto es que cuando escribo algo, y les digo a mis amigos que lo lean, sólo saben decirme: ¿Pues no era edredón con hache?
VirginiaFernández “las panochas, Chu, y mis amigos”
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