
El gato malabar espera, está sentado, cruza las piernas, mira, observa equidistancias. Lee esas distancias iguales entre dos o más puntos, para luego apuntarlas en su cuaderno, para llevárselas a su colección de equidistancias, le gustan. Observa movimientos dispersos, espera, analiza, piensa. No sé lo que mira, lo que espera, quizás no espere nada, o quizás sí, quizás a la muerte, o a la vida, que pase en un tranvía en el que alguien lea poemas que han sido escritos para ser leídos en un tranvía, que la vida vaya allí mirando al que lee poemas, y que con cara divertida lo salude con su mano.
Entonces el gato se canse de esperar, de estar sentado, porque es malabar, dé un salto y empiece a jugar con unas canicas, con la vida, la lance arriba y abajo, y vuelta a empezar. El gato hará magia, malabarismo, de repente tendrá fuego en las manos, de repente no, el gato será blanco, y también negro. Si él quiere se estampará en una ventana como si fuera un graffiti, y callado mirará a todos los que pasen por allí, como un mimo de ciudad. Mientras, en su cabeza escribirá la distancia que hay de Londres a Berlín, de Milán a Budapest. Cerrará los ojos e imaginará paisajes, rectos paisajes amarillos que tengan vistas al mar.
El gato aprende a hacer equilibrio, y también acrobacia. En sus sueños quiere parecerse a un hombre. Tomar café en un café parisino al anochecer, que sea verano. Cierra los ojos y duerme, piensa en las formas que pueden tener los días que son noches.
Quién fuera gato para perderse una noche en la oscuridad, aparecer al otro lado de la vida, al otro lado de un lugar, y ser un malabar.
Texto: Virginia Fernández “El gato malabar”
Foto: Manuel Gallardo “Retales del Cabo”