sábado, febrero 10, 2007

Te podrías aparecer


Pues podrías aparecer maga, podrías venir conmigo al cine, y mirarme. Hacer que volviera la luz, escuchar Purple Rain, o Lullaby, escuchar mi música, vestirte mis vaqueros, usar mi gorro. Podrías venir al sur, o a cualquier parte del planeta que fuera azul, podrías hacer tantas cosas.
Maga, la oscuridad acabó conmigo, mató mi sombra, suicidó mi ego, la oscuridad raptó a la vida, la borró del mapa.
Anoche volví a Otro Lugar a escuchar flamenco mezclado con hielo y limón, pero el mundo no se pudo arreglar, se quedó patas arriba como lo dejó Eduardo. No encontré ni al gato, ni a la gata, ni a nadie conocido. Canté flamenco al ritmo de un tambor.
El mundo se apaga, se evapora, se queda a oscuras, por momentos, cae bajo tus pies lentamente. Con pie firme avanzo, pero hacia abajo, de cabeza, en picado, y poco a poco me evaporo, y abstraigo de la realidad.
La luz se ha puesto en huelga de mí, en realidad de todos, porque no quiere ver más. Y yo sigo aquí mirándote sin verte maga, porque no te apareces más ante mis ojos. Me pregunto si es posible verte sin mirarte, tocarte sin verte, mientras la oscuridad se apodera de todo. Mientras tú vuelves a la Plaza Independencia sin mí, viajando a la velocidad de la luz, lejos.
En este mundo en el que hay guerras, hay mujeres de mirada triste, hay niños-soldado que quieren que acabe la guerra, para jugar con tanques a guerras, y personas que mueren todos los días de hambre, en el que hay soles que envejecieron de jóvenes. Este mundo que está solo, sin ti, gris, sin nubes de Magritte, ni bombín. Pues digo yo, que podrías aparecer maga, aquí a mi lado, así sin pensarlo, salvarme, pero no apareces, ni nada.

Texto: Virginia Fernández “Te podrías aparecer”
Foto: Manuel Gallardo “Prisiones”


martes, enero 30, 2007

Te doy un abraguas


Yo te regalo un abraguas para que no te moje la lluvia, y si quieres que te moje también vale. El abraguas sirve para lo que quieras, porque es multiusos, y además como lo inventé yo, lo puedes usar en lo que quieras, porque es casero, como mi rasta, que me la hiciste tú, en casa, pero la rasta no es abraguas, sino rasta.
Un abraguas es un abrazo para los días de lluvia, es un paraguas con abrazo, o un abrazo en forma de paraguas, además es de rayas y latón.
En cualquier caso si te lías, sirve para la lluvia y para abrazar, las dos cosas. Porque me gusta la lluvia y los abrazos.
Me invento palabras para que en un futuro próximo estén en todos los diccionarios del mundo, y que no necesiten traducción. Porque tu gato no habla inglés, como Chicou que sí habla, y quiero que él también entienda la palabra abraguas, porque sirve para todos, incluso para los gatos.
Pero mientras está o no en el diccionario, te dejo que la uses tú, es una palabra inventada para ti, por tanto es de mi para ti.
También te digo que si me das un abraguas, me entran ganas de salir a la calle contigo a mojarme si llueve. También ganas de saltar bajo la lluvia, de mojarme el pelo. Y de saltar encima de los charcos, que se mojen tus botas marrones con punta desgastada, las que no me gustan, las que caminan sobre kilómetros con números que sí me gustan, y cuando caminen sobre los números que no me gustan les escupas, para hacerte el héroe delante de mi.
Así que, resumiendo, si me das un abraguas salgo a bailar a la lluvia, que se mojen también mis sandalias, que me entren cosquillas en los pies. Y si me resfrío, me regales más abraguas de ti para mi.

Texto: Virginia Fernández “Te doy un abraguas”
Foto: Manuel Gallardo “Esa es la leche que nos dieron, esa es la que mamamos, esa es la que tenemos” (Graffiti del niño de las pinturas de Graná)

jueves, enero 25, 2007

Sin ti en el Círculo


Sin ti, ya ves, sentado observo el devenir de los días, de estos días interminables sin apenas luz. Observo el vaivén de este presente, que es aburrido, que me pesa como plomo, como los párpados cuando estoy cansado. Me agota y no puedo conmigo mismo. Es tarde ya para explicarlo, porque está amaneciendo en el Círculo. Este amanecer para mí es una fiesta, porque ésta ha sido la noche más larga del año.
No me gusta la oscuridad, porque hace que mi soledad, sea aún más soledad, y la oscuridad aún peor. Además no puedo dormir si no hay luz, ya ves que contradicción.
No me gusta estar solo, y sin embargo estoy aquí en medio de un bosque sin nadie a mí alrededor.
En el solsticio de invierno del Círculo Polar Ártico, el sol no sale durante todo un día, la noche lo cubre todo, veinticuatro horas para ser más exactos, esto ocurre solamente una vez al año. Sé que no te gustan los números, y tampoco la exactitud, pero es así. Para que te guste yo te disfrazo los números y los convierto en letras, letras que sean cuentos, letras para leer sin prisa y tomar una infusión en una terraza al sol, a muchos años luz de aquí. Yo te cuento todo esto, y sé que te gusta. Me gusta contarte y que tú sepas lo que pasa a mi alrededor.
Todo esto sucedió justo ayer, ayer no amaneció. Yo mientras estuve sentado en mi silla mirando al cielo estrellado en medio del bosque, esperando a que la luz apareciera en cualquier instante. Esperando a que llegaras tú, fumando un cigarrillo con aire infantil.
El cielo es gris en el Círculo ahora, y sin embargo hoy hay sol, sol de invierno con frío, sol en definitiva. Hace un rato que amaneció lentamente, una luz tenue ilumina la mañana y sigo luchando contra el mundo, contra el hambre. Te sigo esperando, aunque ya hace rato que amaneció.

Texto: Virginia Fernández “Sin ti en el Círculo”
Foto: Manuel Gallardo “sillas”

viernes, enero 19, 2007

No tengo respuestas

No tengo respuestas lo sabes, es más no existen. No tengo inspiración, ni ganas, ni nada. Tampoco tengo letras, y puestos a decir tampoco a ti.
Y lo que pasa es que me gusta escribirte cuando no estás. Cuando estás hacerte preguntas, tú te hartas de mi cuando te hago preguntas, me dices ésta es la última, después me dices para. Siempre me falta algo por preguntar, y te lo pregunto, pero ya no contestas. Yo me quedo sin saber por ejemplo, para quién es la dedicatoria de aquél libro que tienes en la estantería de libros. Esa donde todos los demás se ponen a echar de menos a ese que lleva dedicatoria, cuando no está. Y no está porque me lo llevo yo, para no devolverlo.
Ahora como no te veo te escribo, y me gusta que me contestes porque tus letras me gustan, pero tú no me dices nada porque no estás. Yo sí te digo muchas cosas en letras, y de paso las enlato, para que duren más.
A mi me gustan tus letras, letras que digan por ejemplo ya mi rostro de vos cierra los ojos, y es una soledad tan desolada, pero esas letras no son tuyas, son de Mario Benedetti, aunque también me gustan, pero más las tuyas.
Me gustan tus letras, pero tuyas tuyas. Tuyas tuyas quiere decir letras que te las hayas inventado tú para mí, letras que digan por ejemplo echar de menos a ti, y luego que ponga también la palabra yo, después de a ti, o que digan por ejemplo la palabra gustar.
¿Qué más? Pues que el otro día se me perdió un pendiente, y tú no acertaste donde llevaba el tatto de estrellas, tipo ilustración principito. Por cierto, creo que ésta va a ser la próxima palabra que adopte la Real Academia de la Lengua. Y ahora no tengo más respuestas, ni nada más que contar.


Virginia Fernández “No tengo respuestas”

jueves, enero 11, 2007

Me lío en liarme a ti.

Quiero liarte, para que te líes en mí, así, al final, te alíes conmigo, y yo contigo, para que te conviertas en mí. Eso es lo que busco, eso es lo que yo quiero, y que me acompañes en los viajes, que lo hagas en el silencio compartido de las noches.
Mientras, yo lío, y me lío a ti a la misma vez que te lo cuento. Liándome en las líneas rectas que se tuercen bajo mi lápiz de carboncillo, que se curvan en cada trazo tuyo, en cada trazo que dibujo para ti. Te regalo todos mis dibujos, te pinto cielos nublados y cuadrados.
Me lío en liarme a ti, y es que soy un caso digno de estudio. Alguien para ser estudiado por la ciencia. Un verdadero liante como dirían algunos, un loco como dirían otros. Un caso de pronóstico reservado como me dirías tú a mi si estuvieras aquí conmigo, sentada a mi lado.
Me aíslo del mundo para pensarte, no dejo de hacerlo nunca, te echo de menos cuando no estás. Te busco, te sueño, y soy como un autista sin vocación. Me gusta estar solo, no compartirte con nadie, ni relacionarme al mundo, nada de nada, sólo por encontrarme contigo cuando no estés.
Estoy loco, lo sé, estoy solo, pero es que no concibo otra manera de vivir. Y me voy a todas tus carreteras a hacer autostop por verte pasar nada más. Que pares tu coche y me lleves a otro lugar, a ese otro lugar cordobés donde me dormí una vez contigo. No hay mejor forma que viajar a tu lado, sentado a tu lado y mirarte. Si no paras, da igual, yo te miro de lejos, porque quiero liarte, que tú te líes en mi. Ya ves que me lío en liarme a ti, y es tan fácil.

Virginia Fernández “Me lío en liarme a ti”

jueves, enero 04, 2007

Nadie te oye


Nadie te oye, llueve, estás sola, hace frío, no hay luz, no estás. No hay nadie a tu alrededor, no existes, no tienes nombre, no tienes rostro, naciste en ese lado al que nadie mira. Escuchas gritos, más gritos, gritos que ensordecen tu cabeza, se meten por todos tus sentidos, cada vez más fuerte. Poco a poco empiezan a sonar como en eco, piensas que los gritos no están dirigidos a ti, porque no los entiendes, te siguen gritando, sientes dolor, más dolor, tanto que al final no sientes nada, no escuchas nada. De repente te ves gritando a ti misma. Sientes que algo te arrastra hacia ese abismo sin sentido, hacia esa locura, es como un huracán que te engulle. Poco a poco te vas calmando, nadie te mira, lloras, afuera llueve, está gris, nadie te ve. Hay miles de rostros a tu alrededor, ninguno gira su mirada a ti, nadie escucha tu lamento, no hay nadie que te ayude. Personas corren en miles de direcciones a la vez. Sientes que hay miles de años luz desde ti hasta cualquier signo de vida. Sientes como todo va cayendo bajo tus pies. Sientes como un temblor te hace desfallecer, y después solo escuchas silencio. Nadie te oye, nadie escucha, nadie sonríe, nadie te mira a los ojos.
Poco a poco las heridas curan, crees que ya no están porque él no está, pero has crecido con ellas. Crees que las heridas te abandonaron porque dejaste ese lugar. Te sientes libre, ya no sientes dolor. Pero las cicatrices siguen contigo, siguen ahí por mucho que pase el tiempo. Cuando llueve vuelves a sentir ese dolor, por muchos kilómetros que hayas caído en dirección al suelo. Nunca se irán, tendrás que acostumbrarte a vivir como un ser herido, lleno de rencor.
Al final sólo escuchas silencio.

Texto: “Nadie te oye”, Virginia Fernández
Foto: Por las calles de Granada, Manuel Gallardo

miércoles, diciembre 27, 2006

Latas pintadas ríen en la noche mientras miran al cielo de Marrakech

Latas pintadas ríen en la noche mientras miran al cielo de Marrakech. Miran al cielo y sonríen al universo estrellado, oscuro y brillante. Yo las miro a su vez, las quiero coger porque me gustan las latas, y si están pintadas me gustan más.
Hay latas que tienen dibujos de historias contadas despacio, con los colores de las intenciones grabadas a fuego y a sangre de los que vivieron en esta tierra hace miles de años luz, cuando esta tierra también fue su tierra, pero tuvieron que marchar más allá de la línea del horizonte que se ve en el mar. Todo esto lo cuentan en sus dibujos, y nos gusta, porque así sabemos de ellos, y los entendemos mejor.
Hace miles de años luz tú no existías, ni yo, pero sí un niño morisco que se hizo amigo de otro niño que no lo era, y tuvieron que separarse para no volverse a ver nunca y sí añorarse siempre, durante toda la vida, como a la tierra del sol y la luna, como al cielo que hay encima de nosotros.
Latas pintadas nos cuentan historias antiguas. Nos cuentan lo que pasó. Latas iguales que las tuyas que ríen en la noche. Las tuyas no están tristes, las conocemos y nos guiñan un ojo en la noche cuando las refleja la media luna, y a veces nos ponen nerviosos si nos miran fijamente sin parpadear. Sus dibujos nos hablan de hoy, o como mucho de antesdeayer.
Pero latas antiguas no ríen, sino que tartamudean al tiempo mientras abrazan a una media luna que se mira en el espejo del mar. Intentan susurrarnos sus razones, quieren contarnos, que nosotros sepamos que este cielo también fue de ellos alguna vez, quieren reír como las tuyas que ríen en la noche mientras miran al cielo de Marrakech.

Virginia Fernández “Latas pintadas ríen en la noche mientras miran al cielo de Marrakech”

viernes, diciembre 22, 2006

Charcos

Saben los charcos de este lado de por qué las manos lloran. Saben de las noches heladas de limón, y de los ventanales que miran hacia cosas a la luz de una farola de noche con invierno puesto. Saben un poco de ti, porque cuando pasas a su lado los miras de reojo y ellos te miran a ti. Observan cuando pasas y miran a los ojos escrutando el rostro que aparece de contrabando.
Saben de todo eso que os cuento, y también saben un poco de todo junto. Son capaces de explicarnos el mundo por sabores y colores. Saben de niños que van a las puertas de los colegios y que saltan encima de ellos para jugar al primero que llegue gana, y ellos siempre ganan.
Saben de secretos guardados en la noche, de sueños imposibles, de ilusiones y desilusiones. Saben de odio y guerra, de paz y más, de ahogar la angustia de aquellos que la sufren, y de los que en la noche quieren vencer al miedo. Saben de la tristeza cuando no estás, pero callan.
Callan porque son sabios, el silencio nos absorbe a ellos y a mi, y vemos las estrellas con los ojos cerrados, aunque no haya luna afuera. Las estrellas se nos aparecen tiritando de frío en nuestra imaginación, porque ésta es libre, como tú.
Los charcos son testigos mudos de las alegrías y tristezas del mundo, son observadores callados y sabios, que se evaporan con el sol y la alegría de unas castañuelas que suenan a las dos y veintidós de la tarde, y también enseñan a mirar, y a escuchar al silencio. Ellos saben de por qué las manos buscan y no encuentran, y también del frío en invierno en la sierra con lago y manos que lloran a veces, pero sólo a veces.

Virginia Fernández “Charcos”

martes, diciembre 19, 2006

Hagamos un trato

Si tú me cuidas, yo me curo, si no me cuidas, yo me alejo, y así siempre. Hagamos un trato entre dos, un trato entre tú y yo solamente. Un trato de esos en los que no existen papeles, ni firmas. De esos en los que las cláusulas nos las decimos al oído una tarde de invierno mientras vemos película en el techo. Un trato en los que existe música de violines todo el rato, a veces también lluvia, y momento del día en el que la sonrisa no nos abandona.
Me gusta tu apellido, porque me gusta la lluvia, porque tú te llamas Rain, que significa lluvia. La noche en la que te conocí llovió, cuando te vi aparecer por la puerta lo supe, me dije a mi mismo, si esta noche llueve, significará algo.
Estaba nublada la tarde y triste, de repente te vi en la puerta, me dijiste tu nombre, y ya no escuché nada más, sólo violines sonando adentro de mi, al ritmo de los latidos de mi corazón. Sé que era en mi imaginación porque intenté bailar contigo y tú me sonreíste a la vez que movías la cabeza de un lado a otro. La sonrisa es importante, y la tuya es preciosa. Por la noche llovió efectivamente, entonces lo supe, no había duda.
Tu sonrisa me acompañó a la hora de bajar al parking, de coger el coche, de conducir hasta mi casa. Llegué y ahí estabas de nuevo golpeando en mi ventana de cuadros. Lo hacías en forma de gotas de agua, querías entrar, y yo quería bailar contigo. Salí a la azotea y empecé a bailar mientras el agua mojaba mi pelo, mi cara, mi ropa, me mojaba a mí. Y sí, agarré un resfriado, entonces te lo dije, hagamos un trato, si tú me cuidas, yo me curo, si no me cuidas, yo me muero.

Virginia Fernández “Hagamos un trato”

miércoles, diciembre 13, 2006

¿Juegas?



Foto: Manuel Gallardo

viernes, diciembre 08, 2006

Ya se cuál es el secreto de las ciudades.

Ya se cuál es el secreto de las ciudades. Su secreto es saber mirar al tejado de los edificios. Lo descubrí ayer mientras paseaba por sus calles grises. Los tejados de los edificios de las ciudades son altos y no se puede ver si son rojos, como los de aquí. No se puede pasear por ellos porque da vértigo, no se dejan mirar a los ojos, están serios, son sombríos, parecen hombres de pelo gris y mirada altiva que no quieran hablar contigo. A mi me gusta que me hablen los edificios, que me cuenten historias raras y antiguas, pero los edificios no me hablan, se quedan callados mientras paseo, miran hacia otro lado a mi paso, y me siento triste. Yo no quiero que sean grises, pero lo son. Son grises y antipáticos, deben de aburrirse pienso, mientras compro golosinas en la esquina del Retiro, esperando a que bajes de casa para ir a jugar.
A mi me gustan los tejados de color rojo, en los que se pueda pasear sin ser visto de la mano de la luna, darle un beso de contrabando con reflejo y sabor a mar. A mi me gustan esos tejados en los que si miras hacia ellos pasa un gato y te guiña un ojo, mientras aprende idiomas, o a bailar flamenco, te invita a subir y a pasear cogida de su mano con pulseras.
A veces en las ciudades encuentras sitios así, pero es raro e irreal, como mirar a los espejos sin ser visto desde la cafetería de la esquina.
Las ciudades me despistan, si tú no estás más. Cuando me separo de ti en el metro me siento perdida como niña que soy, y no se adónde dirigir mis pasos. De lejos veo tu silueta alejarse y quiero llorar. Pienso que los edificios son aburridos y altos, aunque ya sepa su secreto.

Virginia Fernández “Ya se cuál es el secreto de las ciudades.”

martes, diciembre 05, 2006

jueves, noviembre 30, 2006

Tenía prisa y manta de cuadros

Tenía prisa y una manta de cuadros, rolls royce para una princesa y cielo azul, ventana junto al mar, cuadros y bocetos hechos a lápiz, cámara de fotos y sugus de colores, aunque más de los azules, para cuando viajaba a Montevideo regalárselos a los niños pobres de Galeano que buscaban subsistencia buscando chatarra vieja en la basura, perdiendo así su infancia y su vida. Los tenía para eso y para cuando viajaba a cualquier parte del mundo, porque en todos sitios hay niños que han nacido en el lado equivocado. Esos sugus eran para ellos y para él, porque a veces él también se quedaba sin toblerones de los buenos. Dejando a un lado las teorías de Michael Landon sobre la riqueza y la pobreza de los países, creo que siempre intentamos justificar la pobreza desde este lado nuestro del primer mundo, y digo yo ¿Quién le puso ese nombre a este mundo que anda más equivocado que ninguno? Y ¿Por qué? Intentamos buscar razones para sentirnos mejor, él no, eso lo hacía diferente, aunque él no lo sabía.
Nunca contestaba a las preguntas, sin embargo él si las hacía a cada momento. Siempre corría de un lado a otro sin parar a tu lado, claro. Era visitador de países pobres, intentaba salvarlos pero en vano y tenía una rana verde de ojos saltones que lo acompañaba por el mundo y le daba consejos por las noches de cómo seguir. Yo lo observaba despacio, lo estudiaba a ratos y de cerca, me gustaba hacerlo pero sin que él lo notara. Tenía todo eso que os cuento y mucho más, tenía los secretos guardados en estuches de lata que pintaba por las noches del color del cielo y que guardaba en su estudio secreto, para luego regalármelas con prisa y manta de cuadros.

Virginia Fernández “Tenía prisa y manta de cuadros”

martes, noviembre 28, 2006

sábado, noviembre 25, 2006

El tambor

El baúl está vacío, pero lo voy a convertir en una caja de música. Es tarde, afuera llueve, es jueves, es de noche, y hay luces brillantes cuando apago la luz en la calle. Estoy sólo, pero no me importa porque hago música. Me gusta la música. Invento notas en pentagramas en clave de fa, que es la mano izquierda del piano. Dicen que la mano izquierda es la más difícil, a mi no me lo parece.
Yo no tengo piano, lo regalé, bueno mejor dicho lo devolví porque el piano no era mío, era de mi hermano. Pero sí tengo tambor, tambor inventado por mí, tengo tambor y manos, por lo tanto, tengo tambor, manos y música en clave de fa. Música triste, porque es la que más me gusta, acordes en fa bemol menor de tambor imitando piano, suena bien.
A veces cuando estoy solo hago música. El tambor está roto pero aún así suena. Me divierte mucho porque invento sonidos extravagantes que luego te regalo. Me pregunto cómo pueden salir esos sonidos de ese espacio cerrado, los saco así sin más, es muy sencillo y no entiendo por qué nadie toca tambor e imita a la vez piano o violín. Pero violín es más difícil, nunca suena bien, aunque estés en quinto de conservatorio, violín suena fatal, a no ser que seas un crack en violín, entonces sí, entonces te puedes dedicar a ello.
Seguramente nadie toca tambor porque no saben su secreto, por eso nadie saca música bonita para regalar, yo sí, yo sé su secreto. El espacio cerrado es su secreto, pero yo no lo revelo a nadie porque me gusta ser yo tocando tambor y regalándote música a ti, yo solo y tú. Por las noches te acompaña mi música y estás contenta, por eso te regalo mi tambor y mis manos.

Virginia Fernández “El tambor”

miércoles, noviembre 22, 2006

Mojácar a vista de comic



Pintura: Manuel Gallardo

viernes, noviembre 17, 2006

Contando un día cualquiera con gato y violines

Tres pies encontrados al gato dices, y con eso quieres que te cuente una historia sobre la música de violines que suena en mi cabeza cada vez que escucho las letras que forman la palabra jueves y la historia de un gato. Pero es que a mi me gusta la palabra jueves sin más, y no tiene explicación, también me gustan los gatos.
Te quedas tan a gusto con los tres pies, yo aquí volviéndome loca sin entender por qué tres y no cuatro, me pregunto dónde está el cuarto, mira que ponerle solo tres pies al gato, pero es que el gato es manco o cojo según se mire me dirás, porque le falta el pie izquierdo delantero que perdió en alguna guerra existencial. El gato es vagabundo, el gato me gusta, lo adopto, me lo llevo conmigo y le pongo de nombre Jueves, porque sí, porque me gusta y punto.
Mientras, aquí estoy divagando y pensando en el norte con su gorro andino, y claro mi gato me acompaña, me dirige miradas de pronóstico reservado cada vez que intento explicarle y que entienda que el sonido del silencio no se vende, ni se compra, no está en el mercado, sino en tu cabeza.
A la misma vez ando por la calle llena de gente que no se abraza, quedan tristes sin abrazos, yo mando señales de humo a esa camiseta con estrella en el centro que me abandonó esta mañana para que vuelva con gorro, sonrisa y abrazo, a mi si me gustan los abrazos.
Las cafeteras llenas de secretos luego te las cuento, tomando un té de aquella tetera con vistas al mar que compartimos y que no se oxidó con la lluvia.
Ah! Y te aviso que quiero dormirme con música de Neil Young y violines.

Virginia Fernández “ Contando un día cualquiera con gato y violines”

martes, noviembre 14, 2006

Por ejemplo, un ejemplo

Por ejemplo, un ejemplo que se me ocurre en este momento del día, justo en el momento once menos dos minutos de la noche, que es en el que el día va llegando a su fin y con él su sonrisa, su dichosa sonrisa pesada y agoniosa con ese afán de protagonismo por querer estar en todas partes a la vez, ni que fuera Dios, digo yo. Y es que hay mañanas en las que una sonrisa me persigue por todos lados, mi vida es una sonrisa enroscada en cualquier parte al que se dirija mi mirada. Lo sé, debería de estar contenta, pero es que la encuentro a cada instante, por todas partes. Miro a las zapatillas al levantarme y me están sonriendo, cuando me dirijo hacia el baño mi mirada fija sobre las baldosas del pasillo me guiñan un ojo y sonríen. Que sonrisa más fastidiosa, después de haberme levantado a las seis de la mañana para ir a trabajar en un trabajo en que el que estoy diez horas y dos minutos haciendo el mismo aburrido trabajo de todos los días. Esa sonrisa a la que odio otra vez a las siete menos cuarto mientras tomo cereales, luego en el baño me sonríe el inodoro, inconcebible!, mientras me veo en el espejo con cara de aburrimiento, bajo las escaleras de casa y me sonríen, salgo a la calle y el bar de la esquina incluso cerrado me manda una sonrisilla que no entiendo, sigo caminando y hasta el semáforo en rojo sigue la misma pauta y tengo ganas de suicidarme arrojando mi sombra al próximo autobús número uno que se dirija hacia al centro de la ciudad y pase por la universidad.
En fin que hay días en los que todo esto me sucede e irremediablemente termino escribiendo un relato llamado “por ejemplo, un ejemplo” mientras una sonrisa se dibuja en mi cara.

Virginia Fernández “Por ejemplo, un ejemplo”

martes, noviembre 07, 2006

miércoles, noviembre 01, 2006

Buscar y no encontrar

Buscar y no encontrar, estar solo, ver oscuridad a tu alrededor y muerte, más muerte, no vida, no sol, no paz. Me siento perdido en el tiempo y en el espacio, perdido de ti, busco, mi mirada busca, mi yo busca, mi otro yo sigue buscando, y el de más allá también, el que saqué para hablar ante más de mil personas y el tímido, el relajado y el nervioso, pero sigo sin encontrar, ninguno de todos los yo que forman mi persona encuentra nada. Todo está oscuro y vacío. Las preguntas me asaltan todo el rato, intento buscar respuestas pero no las encuentro, dicen que si no buscas, respuestas hallarás, pero es tan difícil cuando éstas te laten adentro, y de que manera, gritan y no se quieren callar, exigen, buscan, rastrean, olfatean como lobos hambrientos, hieren, te rodean, te asfixian, hasta que te matan, y vuelta a empezar, así sin más.
La tarde va cayendo poco a poco, se arrastra como reptil de pasos lentos pero seguros, al igual que la luz tenue que me rodea y la cual va dejando de existir a cada rato. No me apetece levantarme, tampoco encender la luz. Estoy tan cansado, no quiero pensar, solo quiero dejar pasar el tiempo y no intentar buscar mas respuestas a las preguntas que me asaltan. Mis huesos están entumecidos y se adormecen poco a poco, se está tan a gusto así, mis ojos se entrecierran poco a poco y no quiero dormir, pero es tan pesado ese sueño en el que caigo irremediablemente y del que no puedo despertar. Me vuelve a asaltar ese miedo a no despertar, de hecho no me despierto, intento moverme y no puedo, mi mente está despierta, pero no mis pies, ni mis manos, mis miembros no responden a las órdenes de mi cerebro, estoy muerto, estoy solo, quiero gritar, no puedo.

Virginia Fernández “Buscar y no encontrar”.